Compraron pasajes rumbo a la desaparición

Los santandereanos Juan Ignacio y José Luis Gómez Marín desaparecieron el 19 de junio de 2002. Los habrían asesinado presuntos paramilitares. Su historia es tan dolorosa como olvidada. No hay en la Colombia reciente quien no hable del conflicto armado. Aunque muchos piensan que la guerra les pasó por un lado, en esta tierra de nadie ninguno escapa de tan lastimera herencia.

Por  María Camila Ladino Ruedas / mladino202@unab.edu.co

“¿Qué pasó con mis hermanitos?”. Durante nueve años eso fue lo único en lo que pensó, que se preguntó Esperanza Gómez Marín. Imploró por una respuesta frente a un altar de su casa en el barrio La Popa de Lebrija, Santander, luego de ser silenciada por «sapa»», por querer saber qué había sucedido con ellos. Como un antídoto contra el olvido, escribió todo en diarios, esperó, esperó, esperó…

Hasta que en 2008 Dios respondió a sus oraciones. «En la radio empezaron a pedir información sobre los desaparecidos. Anunciaban unos teléfonos y llamé. Me contestó el fiscal 184 seccional adscrito a una unidad de apoyo. Nos dijo que una unidad del Cuerpo Técnico de Investigación, CTI, de la Fiscalía de Villavicencio y otras entidades como Justicia y Paz, la Dijin de Bogotá, los habían hallado porque el postulado Armando Díaz Alcantar, alias Pollo, quien militó en el extinto bloque Centauros de las Autodefensas, mencionó lo ocurrido”, recordó Esperanza.

Ese año comenzaría «el milagro”, porque por fin supo qué pasó con quienes -más que hermanos- fueron sus hijos: Juan Ignacio y José Luis. Literalmente los crio. Para Esperanza, peor que la desdicha ante la pérdida de un ser querido, estaba el hecho de no tener respuesta. ‘No hay infierno más grande que el silencio’. 

En la casa de La Popa

Firma de José Luis Gómez Marín en la entrada de la casa de La Popa / Tomada por Camila Ladino

El 5 de junio de 2011 la angustia terminó, pero sin final feliz. Juan Ignacio y José Luis Gómez Marín aparecieron en una fosa común en Vistahermosa, Meta, enterrados junto a una mujer, otro joven y una res. Los dos santandereanos de quienes habló, alias «Pollo», eran los hermanos de ‘Panchita’. 

Sólo hasta entonces Esperanza soltó parte del dolor que cargaba. Ante sus amigos y familiares agradeció por el amor que les brindaron sus ‘hijos’ en vida; al tiempo perdonó, aunque jamás entendió, a quienes la hicieron conocer el horror de la guerra y provocaron sus interminables rezos. “Nachito, qué huella me dejaste en el corazón, cómo te extraño hijo mío. Mártir de la guerra que vive Colombia. Y mi José Luis, mi hijo travieso, tan inteligente…”. 

Las trece páginas que leyó en ese entonces, aún las conserva y repasa entre lágrimas en la misma casa que José Luis y Juan Ignacio terminaron de construir hasta dejarla “como si fuera una obra de arte”. 

Los hermanos Gómez desaparecieron el 19 de junio de 2002. Aquella noche, Esperanza no alcanzó a llegar al Terminal de Transportes de Bucaramanga para despedirlos. Ambos Partieron a las 10:00 p.m. rumbo a Villavicencio, pero no habrían alcanzado a bajarse allá cuando los retuvieron, se los llevaron y los desaparecieron. Los asesinaron.

“Mis hijos viajaron hacia la muerte sin saberlo. Eran muy confiados. Se los llevaron ilusionados, engañados. Trabajaban en construcción, tenían sueños; José Luis ya había estado tres meses en Villavicencio, donde conoció a un señor de plata, un finquero a quien le gustó cómo trabajaba y lo contrató como maestro de obra. Ahí fue cuando pensó en llevarse a su hermano y se devolvió por Nachito”, contó Esperanza.

El entierro que les negaron por años

“Cuando uno recuerda parece mentira que ellos estén muertos”, expresa Esperanza Gómez Marín junto a las fotos de sus hermanos. / Elaborado por Camila Ladino.

La espera continuó. A ‘Panchita’ le entregaron lo que quedaba de sus hermanos el miércoles, 2 de abril de 2014, envueltos en dos cajones pequeños, en un acto simbólico que se escenificó en el Auditorio Municipal de Lebrija. En esos diminutos cofres cupo lo que el tiempo y sus victimarios dejaron. 

“Cuando llegamos estaba todo listo. Nos los entregaron en una ceremonia que también fue en honor a las demás víctimas que el conflicto armado dejó en el municipio. Habló el alcalde, otras autoridades y yo. Le agradecí a Dios y al fiscal que estuvo a cargo. Algo así no había sucedido antes en Lebrija, y acá hubo muchos muertos. Fuimos decenas quienes nos reunimos en el auditorio del pueblo”, rememora. 

Al salir recorrieron las calles hasta llegar al cementerio. Por fin tenían algo para depositar en los osarios. “Luego vino una misa muy bonita, con bastante acompañamiento. Fue un milagro; solo queda decirle a Dios todos los días: ¡gracias!”.

Los hijos que le regaló la vida y le arrebató la violencia

José Luis (izquierda), Juan Ignacio (derecha) y su madre Mercedes Marín. Elaborado por Camila Ladino.

Ahora solo quedan los recuerdos como un abono que minimiza la desdicha. Esperanza Gómez Marín hurga entre ellos, contempla las fotos de la primera comunión de José Luis y Juan Ignacio, manoseando de vez en cuando los álbumes de los tiempos en que fueron felices. “Ve, ellos eran buenos pelaos”; aunque a esa edad ya eran huérfanos. Ahí ‘Panchita’, además de su hermana, ya se había convertido en su madre. 

“Primero llegaron los problemas de plata, luego mi papá dejó a mi mamá con 12 hijos. Ella, como pudo, luchó para sacarnos adelante”. Así lo hizo hasta el 24 de diciembre de 1975. Esa noche, a las 10:30, Mercedes murió de cáncer a los 47 años. “Yo tenía 21 años. Mis tíos querían repartir a mis hermanos como pollitos. No pude permitir que la familia se desintegrara, así que les agradecí y no dejé acabar el hogar”. A pesar de lo pesados que tornaron los recuerdos, cada Navidad, Esperanza corría a comprarles ropa. Vestidos, los mandaba pa’ misa. Tradición que repitió hasta que ya no fueron pequeños. 

Cuando Esperanza habla de sus hijos, son palpables las heridas. Es confuso, por momentos es como si estuvieran vivos, y así permanecen en su mente, hasta que los expedientes, los carteles de desaparecidos y los recortes de periódico hacen lo suyo reviviendo la amargura. 

Con José Luis la vida iba demasiado rápido

“José Luis en medio de todo, se reía siempre”, recuerda Panchita. / Elaborado por Camila Ladino.

José Luis nació el 2 de marzo de 1966, fue el décimo de sus 12 hermanos. Un loco de atar que llegó a estudiar sólo hasta los primeros años del bachillerato. “Faltó dinero para impulsarlo. De seguro hubiese sido un gran arquitecto o ingeniero. Tenía un talento natural para dibujar. Le apasionaba la carpintería, construir…”, asegura Esperanza. 

Con él la vida iba demasiado rápido, o al menos eso piensa la gente. Hablar de José Luis es hacerlo entre risas, y su alegría aún se siente en la casa de La Popa. Le gustaba ser “el payaso del pueblo, especialmente en las ferias; defendía a quien no lo hacía. Incluso se fue al ejército para proteger a su país”.

José Luis junto a Martha, su primera esposa y con quien quería volver. / Foto administrada por Esperanza Gomez Marín.

José Luis amó con pasión. Aunque no siempre tomó buenas decisiones. Así sucedió cuando tuvo que elegir entre Hilda y Martha, sus dos amores. Con cada una de ellas tuvo dos hijos. No, no andaba con ambas al tiempo. Conoció primero a “Martita” y en realidad nunca planeó dejarla. Pero cuando las cosas no funcionaron, en un arrebato, decidió organizarse con Hilda. 

Con Martha había vivido en la casa de La Popa. Esa casa es fundamental en su historia. José Luis lo sabía pues, entre sus ilusiones e inspiraciones “comprar la casa pa’ reconquistarla” era su mayor sueño. Ella fue su primer amor, la mujer que no podía olvidar. A lo mejor deseaba cosas materiales, como tener un buen carro, pero divorciarse y tener un buen ingreso para recuperar a Marta fue una de las razones por las que se fue al Meta.

El amor lo llevó a la muerte. Por Martha, José Luis dio todo. Antes de irse al Meta, y  mientras sostenía la mano de Martha,  dijo: “Yo la voy a recuperar, me voy, ahorro y cuando vuelva estaremos juntos”, recuerda Esperanza.

El cariño de Juan Ignacio Gómez Marín

Juan Ignacio casi no salía en las fotos, era tan tímido”, aseguró Panchita mientras miraba las pocas  fotos de su hijo./ Elaborado por Camila Ladino.

Juan Ignacio nació el 1 de junio de 1967. Fue el menor de los varones. Reservado y calmado, siempre fue el más cariñoso. Entre lágrimas, ‘Panchita’ dice: “Se parecía al profesor Jirafales”. En las pocas fotos donde salía, siempre estaba bien vestido. Esa era su marca: vestirse elegante.

Esperanza se queda callada para recuperar el aliento. Hablar sobre Juan Ignacio le cuesta más, se puede sentir cómo sangran sus heridas. Pasa un minuto, suspira y su boca pronuncia: “José Luis me quería, pero Juan Ignacio me amaba”. 

‘Nachito’ no terminó el bachillerato, siguió los pasos de su hermano José Luis. Aprendió a trabajar muy joven. Quería saber mucho. A sus 15 años vivió una de sus mejores aventuras, se fue de gira con un circo para que le enseñaran a hacer malabares. “Fue la aventura del niño que se marchó y regresó. Cuando llegó dijo: me aburrí por allá, me hacían falta mis hermanos”. Luego de eso su vida fue tranquila y  así fue creciendo hasta que se organizó con Elsa.

Juan Ignacio junto a su esposa Elsa en la iglesia/ Foto suministrada por Esperanza Gómez Marín

Juan Ignacio se enamoró una vez y se organizó muy joven con Elsa. No tardaron mucho para tener dos hijos. Como todas las parejas, peleaban y como muchos hombres, para aliviar sus penas, ‘Nacho’ se tomaba sus tragos. Todo se daba porque no tenían un buen sustento económico.

La plata era su mayor preocupación. Por eso, cuando José Luis le ofreció trabajar juntos, aceptó. ‘Panchita’ no olvida que el papá de su hija les dijo: “¡Mano! ¿a qué se tienen que ir por allá ustedes? Acá tienen trabajo, en Lebrija la gente los conoce. No haga eso mijo”, pero ‘Nachito’ no escuchó.

Cae el ocaso; llega la noche. Esperanza Gómez Marín se calma, más no la desesperanza que la habita ahora. “Dios mío, una mamá es la que puede hablar las cosas. Esos pelados eran gente de bien. Los amo como  mis hijos”. Afanada por la hora, mientras guardaba todo esbozó: «José Luis y Juan Ignacio iban a cumplir sus sueños, pero Dios no les dio licencia”.

Todo sigue igual, lo único que cambió fue la certeza de la partida.

Universidad Autónoma de Bucaramanga