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Colombianos y venezolanos: Los timbres que anuncian una amistad que no tiene fronteras

Esta es una historia que acontece en un colegio ‘Fray Nepomuceno Ramos’ del municipio de Rionegro, Santander. Es el relato de la amistad que se genera desde una jornada de clases, dejando de lado los prejuicios de la migración venezolana en el territorio.

Según Mariángel Pimientos, “me incomodan un poco esas palabras que me dicen, “¡oiga, no ensucie mi país! ¿Por qué mejor no ensucia el suyo?”. / FOTO SILVIA LEÓN SISA

Inteligente, pulcra con sus trabajos, compañerista y buena alumna. Así describe la profesora  Luz Amparo Castellanos a su primera estudiante venezolana, Mariangel Pimientos Dávila. Desde su llegada a segundo de primaria, a mediados del mes de mayo del año 2017, Mariangel se ha llevado todas las miradas de sus compañeros por su acento, su agilidad al realizar alguna tarea, su amabilidad y por su belleza.

Casi siempre llega a la puerta del colegio Fray Nepomuceno Ramos a las 6:25 de la mañana en compañía de Yajaiber Dávila, su mamá. Ella le revisa su uniforme, le arregla su cabello largo, y le da un beso sonoro antes de que su hija entre a clases.

El primer timbre anuncia la formación de los estudiantes. Mariangel se despide de Yajaiber y corre hasta su grupo de amigas que ahora siguen juntas en el grado tercero uno.

Dentro del salón de clases hay cerca de 38 asientos, el puesto de Mariangel se encuentra en la antepenúltima silla de la tercera fila, de izquierda a derecha; en la penúltima, se sienta su amiga más cercana, Gissel Mariana Oviedo. Ambas se conocieron en segundo.

Según sus profesores, son inseparables, se ayudan con los trabajos en clase y suelen prestarse lapiceros, colores, marcadores y hasta lo que escriben en sus cuadernos. “Ella es la que tengo más cerca. Cuando no entiende algo yo la ayudo, y cuando yo tampoco le entiendo la tarea al profesor, me ayuda”, dice Pimientos.

“Mis hijas siempre han sido mi motor para mejorar, para tenerlas con buenas condiciones” afirma Yajaiber Dávila, madre de Mariangel. / FOTO SILVIA LEÓN SISA

Su fortaleza en lo académico

A Mariangel le gustan todas las materias que se ven en sus clases. Hay unas en las que es más participativa como geometría, español e inglés; en otras se ve en apuros, no por malas calificaciones, sino porque tarda tiempo en comprenderlas.

Cuando llega la hora de matemáticas suele ponerse nerviosa. Junta sus manos sobre el rostro y expresa preocupación. Voltea a mirar a Gissel cuando el profesor Germán Enrique Jaimes le dice que pase al tablero, porque debe realizar la división de una cifra. Su amiga le dice que todo saldrá bien. Mariangel toma el marcador, se detiene frente al tablero, respira profundo y se apoya con sus dedos para hacer las operaciones. Lo logra. El alma le vuelve al cuerpo.  

El segundo timbre suena para salir al recreo. Mariangel le entrega el marcador al profesor que la felicita por su buen trabajo. Regresa al puesto y abraza a su amiga. Ambas sacan sus loncheras y salen del salón.

En el amplio patio buscan donde sentarse para comer. A ese mismo lugar llegan sus otras amigas y discuten: “¿a qué vamos a jugar?”. También se les acercan “los cansones”, compañeros que les hacen bromas, en especial a Mariangel, por ser venezolana.

En otras partes del colegio, hay más niños corriendo, jugando al balón o haciendo la fila en la cafetería. Unos vienen desde veredas cercanas, otros son de Rionegro. Son pocos los extranjeros.

En la sede de primaria del ‘Fray Nepomuceno Ramos’ son cerca de 550 estudiantes; 18 son niños venezolanos, provenientes de las diferentes ciudades del país vecino.  “El número no es tan significativo, pero si han llegado familias pidiendo cupo para sus hijos. Bajo los parámetros del Ministerio de Educación Nacional les permitimos a estudiar, pues tienen derecho a formarse, a pesar de que algunos no tienen la documentación en regla. Los ayudamos como los hermanos que somos”, comenta, María Teresa Rondón Gómez, rectora de la institución educativa.

Mariangel ha ocupado los primeros puestos en el cuadro de honor desde que entró a segundo de primaria. / FOTO SILVIA LEÓN SISA

El cambio de sus vidas

La historia de Mariangel y su familia es de aquellas que demuestran la capacidad de resiliencia ante un suceso político que ha afectado a la población venezolana.

Proviene de Mérida, una ciudad universitaria, ubicada en el centro del país. Por sus montañas, naturaleza, sitios recreativos y clima templado, era un sitio turístico ideal para el descanso de fin de semana, que algunos migrantes comparan con San Gil, la capital turística de Santander.

“Mi papá y mi mamá dependían de lo que era la posada, la parte hotelera, y por la crisis que se presentó de un momento a otro, la gente dejó de viajar, porque se había vuelto un lujo, Todo se incrementó y la parte turística de la ciudad bajo mucho y eso nos afectó.”, relata Yajaiber Dávila, mamá de Mariangel.

Pero no solo la economía, la salud y la política se quebró en el territorio vecino. También ocurrió con la educación. Los maestros empezaron a emigrar al exterior, abandonaron los colegios y sus clases. Los malos resultados del sistema impactaron a los estudiantes que desmejoraron en sus resultados. Fue entonces cuando Dávila se preocupó y buscó alternativas. Sacó a sus hijas de un colegio privado y las matriculó en uno público. Fue lo peor, recuerda, ya que las aulas de clase se convirtieron en escenarios para hablar sobre socialismo y difundir los ideales del gobierno de Nicolás Maduro. “Nunca he estado de acuerdo con su política”, asegura la mamá.

Germán Enrique Jaimes, profesor de matemáticas. / FOTO SILVIA LEÓN SISA

Chile, Canadá, España y Colombia. Estos fueron los destinos que esta mujer y sus cinco hermanos escogieron para tomar rumbo, prometiéndole a sus otros dos hermanos que les ayudarían, y a sus padres que regresarían por ellos para también aportarles una mejor calidad de vida.

Sin terminar sus estudios universitarios, casada y con tres niñas, se vino Rionegro e inició de cero. “No pude soportar darme cuenta que mis hijas estaban teniendo preocupaciones por verme haciendo las filas desde el otro día para acceder a las bodegas y pedir los tres alimentos diarios. Al ver cómo perdíamos los ingresos económicos, decidimos llegar a Santander. Ahora vivimos en arriendo. Mi esposo trabaja y yo también tengo trabajo en una peluquería, a donde me llevo a la niña pequeña. Estamos sobreviviendo en un país que no conocemos”, agrega esta mujer.

Como madre cumple el papel de apoyar a sus hijas en las tareas. Reparten el tiempo entre su pareja y ella, para realizar las labores del hogar. Cuenta que le ha inculcado a su hija el respeto, la responsabilidad y la amabilidad.

Cuando Mariangel le comenta que ha sido víctima de comentarios xenofóbicos, lo que hace Yajaiber es decirle que no le preste atención a eso, porque hay personas que no logran entender por lo que las familias del otro lado están pasando.

De regreso al recreo

Cuando se alistan para jugar Tingo,Tango, uno de sus juegos favoritos, un niño de su mismo salón sale y le dice: “¡Oiga, no ensucie mi país! ¿Por qué no mejor ensucia el suyo?”, justo cuando a Mariangel se le caen unas hojas que había agarrado de un arbusto. Su reacción ante eso fue taparse los oídos. Gissel la agarra del brazo y caminan hacia otro lado, sus amigas también la acompañan.

Según la psicóloga del programa de Intervenciones Colectivas, Rubiela Rojas, los padres y maestros deben cumplir con enseñar el valor de la tolerancia. “Debemos estar en la capacidad de explicarles la situación por la que pasan los otros niños venezolanos. Las agresiones verbales o psicológicas son las que muchas veces cuestan más tiempo en reparar”. / FOTO SILVIA LEÓN SISA

Después de treinta minutos suena el tercer timbre para entrar de nuevo a clases. Mariangel camina junto con sus amigas. Alcanzaron a jugar, a pesar del mal momento que tuvieron con su compañero.

“A mí sí me incomoda un poco esas palabras que me dicen, pero yo no les presto atención. A mí me gusta más estar con mis amigas, jugar, hablar. Ellos solo me molestan porque así son”, dice la niña.

En el último timbre, cuando salen del colegio hacia sus casas, nuevamente se encuentra con su mamá. Mariangel baja por la rampa, caminando de la mano a Gissel. Se despiden, pero al ver la cámara me piden que les tome una foto. “Es que la quiero guardar”, expresa. Gissel, quien es más tímida que su amiga. Se agarran de la mano y ambas sonríen. En ese instante se capta la inocencia de una amistad que va más allá de las fronteras, la  discriminación y la xenofobia. Se trata de una amistad llena de compañerismo, respeto, amabilidad y cariño.

Es hora de enseñar tolerancia

Según la psicóloga del programa de Intervenciones Colectivas, Rubiela Rojas, los padres y maestros deben cumplir con enseñar el valor de la tolerancia. “Debemos estar en la capacidad de explicarle a nuestros niños la situación por la que pasan los otros niños venezolanos. Las agresiones verbales o psicológicas son las que muchas veces cuestan más tiempo en reparar”.

Mariángel Pimientos junto con su amiga Gissel Oviedo escriben en su diario, que lo usan más como agenda para anotar las responsabilidades.
/FOTO SILVIA LEÓN SISA

Por Silvia Natalia León Sisa

Sleon530@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga