Por: María Camila Monsalve Martínez | mmonsalve131@unab.edu.co
La mujer santandereana por excelencia es dura, echa´pa´lante, berraca y guerrera contra cualquier desafío que la vida le atraviesa. Las hay de tez blanca, morenas, delgadas, gruesas, altas, bajitas, monas, pelinegras, con curvas o sin; pero todas con algo en común, “siempre adelante, ni un paso atrás”.
Por allá en 2004 una súper mujer de 1,64 metros, con sus churcos detrás de la oreja levantó 197,5 kg (más de tres veces su peso) en el Centro Olímpico de Halterofilia Nikaia de Atenas, y como si fuera poco, minutos después de haber recibido una infiltración en su manguito rotador. Su nombre es Mabel Mosquera, una mujer que hoy a sus 55 años carga con el peso en su cuello de una medalla olímpica, que no solo representa aquel 15 de agosto, si no todos los esfuerzo que con los años enfrentó para conseguirla.
Sus inicios y un amigo inesperado…
Aunque en su adolescencia fue atleta, su carrera deportiva inicio a los 31 años, mientras trabajaba en un gimnasio dando clases de aeróbicos, descubrió el levantamiento de pesas. Un entrenador cubano, la vió hacer sentadillas con 150 kg y le dijo que tenía más potencia que todos los competidores nacionales de su categoría. Y no se equivocó, en solo tres meses ya le había ganado a la campeona nacional.
“Recuerdo que cuando felicité a la campeona nacional de ese entonces, ella me miró despectivamente y me dijo: “Niñita, quítese de aquí”. Ese comentario me impulsó a entrenar con más determinación”, dice la deportista con una sonrisa en la cara.
Iniciaba un milenio y con ello Mabel participaba por primera vez en los Juegos Nacionales en Vasco, en cinco meses ya era parte de la Selección Colombia, compitiendo en los Juegos Bolivarianos, Sudamericanos, Centroamericanos y, Juegos Panamericanos, el calentamiento para los clasificatorios de los Juegos Olímpicos.
En ese momento con su carrera en despegue, en 2003, su amigo menos querido comenzaba su camino interminable junto a ella. Todo inició con una lesión en el manguito rotador, que el 28 de febrero de 2004 le hizo entrar por primera vez al quirófano en España. Luego de cuatro meses regresa a su tierra para recuperarse en 20 días y poder participar en los Panamericanos. Durante ese tiempo tuvo que sufrir 18 infiltraciones en cuatro meses, cuatro cirugías de hombro y unas cuantas otras en sus rodillas, a pesar de que ella misma admite que le deteriororaba sus tejidos, nada sería impedimento para llegar a Atenas.
“A veces, la gente ve la gloria de una medalla, pero no sabe la historia de sacrificio y sufrimiento que hay detrás. Ese esfuerzo lo hice con todo mi corazón y con orgullo por representar a mi país”, decía ella con sus ojos brillando por la satisfacción del deber
cumplido aunque un poco cabizbaja del poco apoyo que sentía en ese momento, pues en su mayoría tuvo que costearse todos los procedimientos.
¡Brrr! Sonó la chicharra el 15 de agosto de 2004, Mabel con sus 53Kh cargaba 197,5 kg “¿Lo logré?” abrió los ojos y lo supo: todo había valido la pena. Ni las infiltraciones de esa mañana, ni los tres meses durmiendo sentada por su lesión importaban. Representaba a millones de colombianos, pero en ese instante, solo pensaba en sus hijos, pegados al televisor viendo a su «supermamá».
“Tuve una visión antes de la competencia, en la que Dios me mostraba que iba a llegar lejos. En ese momento, recé y decidí dejar todo en manos de Dios. La competencia fue muy difícil, pero cuando subí a la plataforma, sentí una fuerza increíble. Recordé las palabras de mi entrenador búlgaro, Georgi Panchev, quien me dijo: Mabel, esta es tu única oportunidad para cambiar tu vida y ayudar a tus hijos”.
¿Y ahora?
Al llegar a Bucaramanga en sus palabras: fue una locura, ese momento que la inspiró a seguir trabajando para inspirar a otros. Un momento feliz, pero después vino la realidad, el proceso de recuperación fue complicado y se sintió abandonada. «Los deportistas necesitamos apoyo, no solo económico, sino también en salud», enfatiza.
Hoy, Mabel continua en competencia, ya no levantando kilos en sus hombros pero con la misma determinación con la que levantó aquella medalla en Atenas, sigue trabajando por las futuras generaciones. «La lucha sigue. Aún hay mucho por hacer, pero tengo la pasión y la voluntad para seguir contribuyendo al deporte y al bienestar de los atletas en Colombia».





