Ana Marina Niño Saénz tiene 51 años. Ha dedicado sus últimos 30 años a servir en los oficios del hogar. Foto: Yolima Rodríguez Barrera

Desde los once años, los días para Ana Marina Niño Sáenz comienzan a las cuatro y media de la mañana. A esa edad dejó el colegio para dedicarse a los oficios del campo. Mientras sus compañeros de clase se apuraban por jugar fútbol, ella estaba terminando de empacar el ‘piquete’ para los obreros de la finca. Pero la vida le dio revancha: sus hijos y una casa propia, sus mayores victorias.

Las caminatas que más recuerda son las que emprendía desde la finca de su madre hasta la parcela de su padre. Debía atravesar dos veredas para cumplir el objetivo diario: ordeñar las vacas y vigilar las huertas de papa, arveja, fríjol y maíz.

Tres años de estudio, eso es lo único que recuerda de su paso por la escuela. Inició a los nueve años y dos años después estaba dispuesta a ingresar a cuarto (primaria), las responsabilidades del hogar incrementaron; sus padres, Ana Celia Sáenz y José María Niño, debían cuidar dos fincas con climas distintos y separadas por hora y media de camino, ambas ubicadas en Gachantivá, Boyacá.

Los pisos térmicos son la principal razón de las variaciones en los cultivos de cada hacienda. En la finca de la vereda Minas sembraban yuca y caña de azúcar, gozaban de un clima templado. Mientras que en la de Saavedras predominaban las huertas de maíz, arracacha, fríjol, arveja y papa.

Aunque colaboraba desde los cinco años con diferentes labores, para ella, el trabajo en serio inició a los doce. Esboza una sonrisa y suelta una frase que refleja su humildad para reconocer sus labores: “Cuando pequeña (cinco años) soltaba el ternero, ordeñaba una vaquita”. Para ella, esos oficios no eran “gran cosa”.

Luego de ese cambio, Marina debía cuidar las vacas, ordeñarlas; adecuar los cultivos, arar la tierra y dejar listo los productos que sus padres llevarían a las plazas de mercado. Los días más esperados eran los miércoles. Por sorteo, sus padres escogían a dos o tres de sus nueve hijos para bajar al mercado en Moniquirá, Boyacá.

Uno de esos “gusticos” que juanto a sus hermanos podía darse era cuando iban al pueblo a tomarse una gaseosa. Parece simple, pero en su casa normalmente tomaban “aguapanela y guarapito”, sostiene Marina entre risas. Esos “lujitos (risas)” que -una vez al mes- disfrutaba en plenitud.

En 2010, la familia Acero Niño pudo reiniciar las adecuaciones de su vivienda. Ana Marina dirige las tardes de aseo para mantener impecable su hogar. /FOTO YOLIMA RODRÍGUEZ BARRERA

Del campo al pueblo
Con catorce años, ya había conocido el amor. Se casó a los 17 con Cristóbal Acero, dos años mayor que ella. Él es un labriego incansable de voz gruesa. Los hijos vinieron en intervalos de dos años: Jerzy, Jaime y Marinayibi.

A inicios de la década de los noventa, la situación apremiaba un cambio, motivo por el cual decidieron irse a vivir a Moniquirá, un municipio con mayor flujo comercial y mejores posibilidades de trabajo. Así se lo pintaron a su familia.

Los primeros días fueron de zozobra para ella, nadie le daba trabajo. La falta de referencias la mantuvo en su hogar durante algunos meses. Ese periodo le sirvió para acompañar la formación de sus hijos, no obstante, las necesidades apremiaban e inició lavando ropa en casas de familia.

Sus primeros jefes la veían con recelo, nadie la conocía. Pero cuando veían su trabajo no dudaban en recomendarla. “Luego de trabajar ahí tenía que duplicarme”, relata Marina. En ocasiones debía ir a 3 o 4 casas más durante el día para lavar ropa.

Pasados dos años, en 1993, la pareja reunió sus ahorros para cumplir el anhelo de tener casa propia. Para ello, compraron un lote residencial de 150 metros cuadrados, ubicado en el barrio Ricaurte de Moniquirá. Un año más tarde inició la construcción.

La mano de obra estuvo a cargo de familiares, amigos y compañeros de trabajo, quienes fungieron como arquitectos y maestros de construcción. Aunque ninguno era profesional, todos destinaron cuatro fines de semana para ayudar con las bases y paredes. El pago era un piquete con gallina criolla y carne a la brasa, acompañado de un guarapo dulce.

La primera versión de la casa ocupaba un tercio del lote -50 metros cuadrados- allí disponían de la cocina, un baño y la habitación con dos camas, una para los esposos y otra para sus hijos.

Inicialmente todo estaba en obra negra. No obstante, en 1997, la familia Acero Niño logró la ampliación de su vivienda. Cada hijo tenía su habitación e inclusive pudieron arrendar una para cubrir los servicios públicos. Todo gracias al liderazgo de Marina y el ahorro de la pareja.

Motivo de orgullo
Jerzy Acero Niño es el primer bachiller de la familia. En 2003 consiguió su diploma y, de paso, el respaldo de sus padres para ir a la universidad. El salario de ella no alcanzaba para la manutención de su hijo en Bogotá. Como muestra de apoyo, ella decidió retomar el lavado de ropas en otras casas.

Reconoce con cierta melancolía que le hubiese gustado que sus otros dos hijos -Jaime y Marinayibi- hubiesen sido profesionales. Sin embargo, ambos reconocen y agradecen los esfuerzos de su madre. No en vano conocen la entrega de Marina. Cuando se le pide a Jaime que hable sobre su madre se despacha en halagos.

“Ella es una luchadora, es una guerrera”. A eso de las cinco de la tarde, finalizaba su jornada como empleada del servicio. Luego de cambiarse y lavarse la cara para espantar el sueño, iba a lavar ropa en otros hogares. Llegaba a las 11 p. m. exhausta y con pocas ganas de conversar. Ese dinero extra le permitía girarle dinero a Jerzy y, de paso, enviarle una caja llena de frutas, vegetales y carne.

En 2009 Jerzy recibió su título que lo acredita como Administrador Ambiental de la Universidad Distrital ‘Francisco José de Caldas’. Para Marina es uno de sus máximos logros. Aunque ella no se queda atrás. Desde 2013 hasta 2015, asistió al programa estatal “Yo sí puedo”, gracias a esta iniciativa terminó la básica secundaria. Con una sonrisa de oreja a oreja, se emociona al saber que su vida ha sido productiva. Ella se mantiene orgullosa de sus logros y los de su familia.

Por Luis Álvaro Rodríguez B.
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Universidad Autónoma de Bucaramanga