Por Juana Gabriela Rueda Parra

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En un contexto en el que la religión suele estar asociada en el discurso público con posturas extremas o divisiones, la iglesia cristiana Sion, ubicada en Floridablanca, Santander, propone una mirada distinta sobre la fe. Lejos de los estereotipos, este espacio se define no como una religión de normas y rituales, sino como una comunidad donde las personas buscan una relación personal y genuina con Dios.

Los datos oficiales reflejan la importancia del fenómeno religioso en la región. Según el Ministerio del Interior, en 2015 Santander concentraba cerca del 5 % de las iglesias registradas en Colombia, y Bucaramanga representaba alrededor del 2 % del total nacional. Además, estudios locales muestran que un 67 % de los habitantes de Bucaramanga se identifican como católicos, mientras que un 85 % afirma creer en una fuerza superior, y más del 77 % realiza oraciones al menos una vez por semana. Estos números permiten dimensionar la presencia de la fe en la vida cotidiana y contextualizan la labor de comunidades como Sion.

El pastor David Cano, quien lleva 10 años siendo pastor, explica que esa diferencia es fundamental para comprender el verdadero sentido del Evangelio: “El cristianismo, más que una creencia, es el deseo de tener una relación profunda y directa con el Señor, donde la iglesia es parte fundamental para poder crecer en esa conexión con Dios”. Su afirmación refleja el propósito principal de esta congregación, ser un espacio de encuentro más que de imposición.

Líderes comparten reflexiones sobre la fe y el papel de la comunidad en el crecimiento espiritual. El diálogo busca resaltar que el cristianismo no se trata de fanatismo, sino de una relación viva con Dios. /FOTO JUANA GABRIELA RUEDA P.

Dentro de la comunidad, la espiritualidad se entiende como un camino compartido; los miembros se apoyan, oran juntos y se acompañan en sus procesos personales. “La iglesia no son las paredes ni el templo, somos las personas que decidimos seguir a Cristo y apoyarnos unos a otros”, agregó el pastor Cano. En ese sentido, este lugar se convierte en un punto de encuentro espiritual y humano, donde la “familia” juega un papel clave en el fortalecimiento de la fe.

Para los jóvenes, esta visión representa una forma de acercarse a Él sin sentir que deben cumplir con un molde. Daniela Ruiz, líder del grupo juvenil, asegura que muchos llegan buscando propósito antes que religión: “Para muchos de nosotros, la iglesia es un refugio. No se trata solo de ir a cantar o escuchar un sermón; aquí encontramos propósito. En un mundo lleno de ruido y apariencias, la fe nos enseña a tener identidad y a saber quiénes somos”.

Desde su experiencia, el cristianismo no se centra en el deber, sino en la transformación interna. “No es portarse bien para ganarse el cielo, la salvación es un regalo de Dios y actuamos con amor porque ya fuimos amados, no para obtener algo a cambio”, afirma Daniela.

Para las personas, la iglesia es más que un templo, es un espacio de encuentro, apoyo y construcción de convicción en familia. /FOTO JUANA GABRIELA RUEDA P.

Ese mismo sentido de pertenencia lo comparte Andrés Patiño, un joven que llegó hace pocos meses a la congregación: “Pensé que era como cualquier otro lugar, con reglas y rituales, pero aquí fue diferente. Sentí que me escuchaban, que no me juzgaban y aprendí que Dios no busca perfectos, sino corazones dispuestos”. Su testimonio resume una idea central del cristianismo moderno: no se trata de perfección, sino de crecimiento personal y acompañamiento mutuo.

Por su parte, Marta Suárez, con más de veinte años liderando espacios de oración, comenta que el grupo al que pertenece ha sido un apoyo fundamental en su vida. Explica que en los momentos difíciles ha encontrado en su comunidad consuelo y compañía, y que por eso considera este lugar como su segunda familia. “Aquí encontré personas que oraron por mí cuando estuve enferma, que me abrazaron cuando perdí a mi esposo. No somos una secta, somos una familia que se sostiene en Cristo”. Para ella, la iglesia trasciende lo material y se construye sobre vínculos humanos fortalecidos por la espiritualidad.

Las historias de estos creyentes muestran un creer que se aleja del formalismo y se acerca a la vivencia cotidiana. En Sion ser cristiano no implica cumplir con una lista de deberes, sino vivir un vínculo continuo con Dios, guiado por el amor y la gratitud. En palabras del pastor David, “la fe se fortalece cuando se comparte”.

Más que un conjunto de normas, el cristianismo se entiende aquí como un camino de crecimiento colectivo. No se trata de pertenecer a una religión, sino de vivir una relación que transforma, une y da sentido.