Por Valentina Cataño / vcatano@unab.edu.co

Recuerdos de Gloria Suárez.

Desde que tengo memoria mi abuela Gloria Suárez, mi “Lolo”, le ha apasionado enseñar. Su energía radiante y creatividad sin límites hacen de su trabajo una pasión a la que le pone todo su corazón. No es sólo enseñar a leer o a sumar; es volverse cómplice de sus estudiantes, sentir esa misma emoción al ver cómo sus ojos se iluminan con cada descubrimiento, y cómo su confianza crece cuando logran lo que antes parecía imposible. Enseñar es su vocación, pero más que eso, es su misión. 

Decidió dar un paso más allá. No sólo quería ser maestra, quería crear un espacio donde la educación fuera más que libros y exámenes. Un lugar donde los niños se sintieran seguros, felices, motivados a soñar, donde desarrollaran sus habilidades y adquirieran sus bases bien fundamentadas para enfrentarse a los desafíos que conlleva crecer y hacerse adulto. Así nació “Nuestro Mundo”, un colegio que ofrecía el cuidado y educación para niños desde sala cuna hasta quinto grado de básica primaria, fundado en el año 1996. 

Hubo momentos de incertidumbre, noches sin dormir, largas jornadas de trabajo organizando y preparando guías y actividades con mucha creatividad para que todo saliera bien o “perfecto” como ella suele decir. 

Cada sonrisa de un niño acompañada de un “abrazo de oso”, cada palabra de gratitud de un padre de familia, eran lo necesario para recordarle el por qué estaba ahí y retomar fuerzas y continuar. Fueron 16 años de incansable labor dejando huella en el corazón de toda una comunidad educativa. Tuve la fortuna de disfrutar de ese -mi primer colegio- donde inicié mis estudios de preescolar, un mundo de juegos, canciones, rondas, mis primeras letras y caídas en las clases de patinaje. 

Recuerdos de Gloria Suárez.

Siguiendo la propuesta de su amiga, quien en ese momento era la coordinadora académica de las Unidades Tecnológicas de Santander UTS, inició un nuevo reto acompañar a adolescentes y adultos en su proceso de aprendizaje en nivel superior. Como siempre entregada a su profesión, investigando, orientando y entre clases magistrales no faltaba el consejo oportuno y sabio para quienes lo necesitaran. 

Vinieron unos años, exactamente seis promociones del colegio Americano, entregando lo mejor de sí, dedicando tiempo extra sin reparos, alentando y animando a esos chicos para que “volaran bien alto” palabras que les decía en sus graduaciones, pues era la maestra de  ceremonia del Prom y de grado. Hoy son profesionales que algunos ya volaron, pero desde la distancia mantienen contacto con ella, y la hacen partícipe de sus mejores momentos de la vida. El más reciente, un estudiante que inició carrera política y en todos los eventos importantes es su invitada, como muestra de gratitud hacia su maestra de Sociales, por lo que sembró en su corazón cuando era su estudiante. 

Y no siendo la excepción inició su incansable labor en el sector oficial, después de haber concursado por una plaza en Santander. Así inicia una travesía por las montañas de Santander y llega a Coromoro, pero se lleva una gran sorpresa, la institución que ella había escogido a ciegas, sin tener la remota idea donde quedaba, era en la vereda El Guadual. Después de dos horas en un viejo campero, que hacía el recorrido desde el pueblo adentrándose en las montañas, que iba dejando en el camino a las docentes en sus escuelas, llegaba a un megacolegio, casi oculto, en la inmensidad verde de las montañas como entretejidas, pero ahí no era el final de la ruta, le esperaba un caballo e iniciaba el camino hacia la escuelita que duraba seis horas después de atravesar un río y seguir por senderos difíciles de transitar, montaña arriba. 

Recuerdos de Gloria Suárez.

Había transcurrido una semana organizando la vivienda que quedaba en la escuela, y llegué hasta donde ella estaba para hacerle compañía. Nos sentíamos en otro planeta totalmente desconectados de la civilización, sin internet, sin televisión y sin radio. Muy temprano iniciaba las actividades, los estudiantes llegaban a las seis de la mañana, donde solo eran 4 niños incluyéndome, era la única profesora y a pesar del frío de páramo, nos hacía sentir que estábamos en un gran colegio donde seguíamos las rutinas como el saludo, antes de entrar al único salón de clases. 

La escuela tenía tres grandes salones desocupados, ella organizó en uno de ellos la sala de informática, que, aunque no había internet, cada estudiante tenía su computador y dirigía actividades como transcribir y dibujar. Organizó una sala de audiovisuales y llevaba películas infantiles y las proyectaba los viernes de película. Ah, eso sí, no olvidaba las crispetas para hacer más divertida la jornada. Creó lazos afectivos con los campesinos de la vereda, y logró adentrarse en sus corazones. Compró una oveja a la que llamamos Belén, era nuestra mascota. Después de tres meses de ires y venires, apareció un día un gran número de hombres armados al margen de la ley. 

El comandante de este grupo, le hizo saber que llevaban días en la región y que la habían escuchado en reuniones con la comunidad y les gustaba la manera como les hablaba y estaba comprometida con estas personas de la vereda. Con lágrimas y mucho dolor en su corazón, se vio obligada a abandonar metas propuestas, proyectos, gente humilde y esos tres niños por quienes quiso hacer tantas cosas, que quedaron en el aire, como sueños esparcidos. 

Hoy, ya hace diez años, trabaja con la comunidad Salesiana, dando todo cuanto puede por dejar una semilla en la vida de esos chicos que pasan por su aula de clases, para hacer personitas buenas para una sociedad, que necesita un cambio, y este inicia en la labor transformadora de maestras, como mi Lolo.