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Mi hogar en una tierra ajena: Venezolano cuenta cómo le ha cambiado la vida desde que llegó a Bucaramanga

Para Javier Sarmiento y Lucía Arambulé tener un hogar después de migrar de Venezuela era un sueño. Llegaron a Bucaramanga donde recibieron ayuda, trajeron al mundo a su hijo Jesús Israel. Esta es su historia.

Javier Sarmiento, Nieves Moreno, Lucia Arambulé y Jesús Israel Sarmiento Arambulé en una de las paredes laterales de la ‘casa de paso’. /FOTO JUAN GUILLERMO NEIRA LOAIZA

“Venezuela era un país tan rico, hermoso y lleno de paisajes fantásticos. Vivía entre los llanos, rodeada de montañas y cerca de la costa en uno de los estados más prósperos que ahora está descuidado y cargado de odio porque básicamente nos culpamos unos con otros por la situación, es difícil de ver que todos somos culpables, no sólo un gobierno, todos hemos sentido miedo de protestar y de hablar. Aún siento amor y esperanza por mi país”.

Esto dice Lucía Arambulé recordando sus días en el país vecino, mientras amamanta a su hijo de seis meses.

El 5 de junio de 2017, junto a Javier Sarmiento y con cinco meses de embarazo cruzaron la frontera hacia Colombia, en el Puente Internacional Simón Bolívar, un día imborrable de sus recuerdos tras dejar a sus seres queridos, enseres, trabajo y el último aliento. Todo para aventurarse a un país desconocido, lejos del estado de Carabobo, ajeno a sus costumbres. Durante 15 días deambularon por varias ciudades hasta que llegaron a la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Bucaramanga.  

Nieves Moreno, una mujer de 60 años, con estatura mediana, cabello ondulado oscuro, piel morena y voz serena, les tendió las manos para que tuvieran un lecho y comida para vivir. Sin pedir nada a cambio, en un barrio de la Comuna 10 de Bucaramanga, se hospedaron en una casa de paredes color mostaza y blanco, tres a habitaciones, dos baños, sala, cocina y una parcela para cultivar. Nueve habitantes del lugar recibieron a la pareja con los brazos abiertos.

Después de una tormenta sale el sol

Lucia Arambulé meciendo a su hijo en el patio de la casa cerca a la parcela. /FOTO JUAN GUILLERMO NEIRA LOAIZA

Nieves Moreno quiso darle utilidad a la propiedad que un feligrés le cedió. La transformó en un lugar de paso disponible para todo aquel que necesitara ayuda y cariño.

También ha tocado puertas para pedir trabajo en nombre de Javier Sarmiento, que con sus 32 años, de estatura alta, contextura robusta, piel morena y manos gruesas, es habilidoso para la construcción.

Ha logrado conseguir varias “chambas” (trabajos) que van y vienen en los últimos once meses, debido a que hace lo que le gusta, es dedicado y pulido. Aspira que su situación mejore cuando termine el curso de ‘Trabajo Seguro en Alturas’ del Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena), que emprendió hace pocas semanas.

Alegre por las oportunidades que se le han presentado, Javier lee con nostalgia y voz solloza  a Josué 1:8-‬9, en la Biblia: “procura que nunca se aparte de tus labios este libro de la ley. Medita en él, de día y de noche, para que actúes de acuerdo con todo lo que está escrito en el. Así harás que prospere tu camino, y todo te saldrá bien.  Escucha lo que te mando: esfuérzate y sé valiente. No temas ni desmayes, que yo soy el Señor tu Dios, y estaré contigo por dondequiera que vayas”.

Él quisiera hacer llegar este mensaje de perseverancia a todos aquellos que aún resisten en Venezuela y que con el dinero de un mes de salario mínimo, 1.307.646 bolívares (6 mil pesos colombianos) logran compran un cartón de huevos para alimentarse en la semana. Aunque él reconoce que ese salario en Venezuela representa menos del 0,1 por ciento del que se recibe en Colombia, es decir, 781.242 pesos. Mientras puede, según cuenta, envía dinero a sus familiares y ahorra para el futuro de su hijo y esposa.

Un nuevo versículo

“Pero que se alegren todos los que en ti confían; que griten siempre de júbilo, porque tú los defiendes; que vivan felices los que aman tu nombre”, Salmos 5:11. Es de los versículos que tiene Javier Sarmiento resaltados en su biblia. /FOTO JUAN GUILLERMO NEIRA LOAIZA

Lucía Arambulé, de 31 años, tiene el pelo ondulado y de color oscuro, piel morena y estatura media. Es abogada. En su familia fue la encargada de cerciorarse que tanto sus documentos como los de su esposo estuvieran vigentes para salir del vecino país y llegar a Colombia.

Nieves le delegó la tarea de crear las normas de la ‘casa de paso’: cada persona debe barrer, trapear y limpiar un día a la semana; deben tener un manejo moderado de la música y la voz, no utilizar un lenguaje obsceno, sarcástico e hiriente, y se deben respetar los espacios de los demás.

Cuando nació Jesús Israel, el hijo de Javier y Lucía, lo registraron en Colombia y en Venezuela, cuando visitaron parte de su país sintieron el vacío de los cuatro millones de ‘panas’ que han huido, número que duplica a los habitantes de una ciudad como Medellín y de los cuales 800 mil están en el nuestro país, según Migración Colombia.

Después de sentir la desolación y la tristeza de sus paisanos, Lucía decidió que cuando llegue el momento le contará a su hijo la historia de sus padres, de Venezuela, de su paso por la casa, su hogar en una tierra ajena, y de Colombia para que conozca la realidad y para que en el futuro ayude a los necesitados.

Lucía mece a su bebé, con Javier y Nieves al lado, observando sus cultivos en la parcela y cuando el atardecer llega oran juntos al Señor, fortaleciendo su fe, un año después de haber llegado a su hogar.

Renacer de las cenizas

Nieves Moreno, trabaja en una ladrillera de la ciudad y dice sin miedo a la gente que su hogar de paso ha permitido disminuir la estigmatización a los venezolanos en el barrio.

De la ‘casa de paso’ se han ido poco a poco las venezolanos que han llegado. Algunos porque no aceptan las normas, otros en busca de mejores oportunidades o simplemente porque obtuvieron la capacidad monetaria para establecerse en Bucaramanga.

“Por fortuna un hermano de la iglesia nos dio esta casa para ellos, y otros han aportado dinero, comida y fe. Es un camino tormentoso y de penumbra estar con una mano atrás pero siempre habrá una mano adelante, una que Dios aprieta para recatar”, comenta esta mujer en la sala de su casa.   

Sobre Javier y su familia, la “señora Nieves”, como la llaman, no tiene ningún reparo. Le ha tomado cariño y lo considera como su hijo, el encargado de hacer florecer el cultivo de yucas, maíz, mangos y algunas de las plantas que tienen en la vivienda. Con una pala, un par de botas y una muda de ropa para campo, este hombre labra la tierra con gusto, recordando cuando en Venezuela cuidaba sus propios cultivos y cabezas de ganado.

“Me siento agradecido con Colombia y su gente. Siempre estaremos en deuda con la señora Nieves por el cambio que ha hecho en nuestras vidas. Este es un lugar distinto de dónde vengo; es bello ver que las personas no somos muy diferentes, y que todo esto hace caer los mitos y los egos”, añade Sarmiento.

Por Juan Guillermo Neira Loaiza

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Universidad Autónoma de Bucaramanga