«Nosotros no pedimos ser desplazados»

Por Jesús Ramón Leal Sánchez / jleal211@unab.edu.co

La vida de Leonor Ramírez, o mejor conocida como ‘Doña Leo’, es un pequeño ejemplo de las miles de historias que al día de hoy siguen sumando numerosos relatos de lo que el conflicto armado ha dejado y sigue dejando plasmado en Colombia. Hoy, al verla desde su pequeño carrito en La Cumbre, Floridablanca, donde vende cholados y raspados, pocos imaginan la travesía que ha recorrido. Con su mirada serena y manos fuertes, Leonor lleva más de 26 años en la lucha diaria por salir adelante en un país, que pese a ser una ciudadana legítima, no le ha ofrecido garantías dignas al ser desplazada del lugar donde vivía. Su historia es un testimonio de superación, amor y el incansable deseo de justicia.

Nació en Barrancabermeja en el año 1961, pero creció en Sabana de Torres, un lugar que le brindó recuerdos felices de su infancia. Sin embargo, la violencia que ha marcado a Colombia también llegó a su hogar, forzándola a tomar una decisión desgarradora: huir. “Me tocó salir huyendo por el bien de mis hijas”, confiesa, con la voz entrecortada, mientras se traslada a los días oscuros que dejó atrás.

En 1998 llegó a Floridablanca junto a sus dos hijas, lo cual representó un nuevo capítulo lleno de incertidumbre para ellas. “Los primeros días fueron difíciles, llenos de lágrimas”, recuerda. En ese momento, una amiga le ofreció refugio, un gesto que la ayudó a encontrar un pie en esta nueva realidad. Si bien, conseguir trabajo no fue tarea fácil. “Empecé a trabajar en casas de familia, un trabajo que no conocía. Yo lloraba y decía ‘Dios mío, esto no es mi vida’, pero sabía que tenía que seguir adelante”, relata, revelando la lucha interna entre la nostalgia y la necesidad de proveer para sus hijas.

Al pasar de los años, Leonor encontró su lugar en una comunidad que la recibió con brazos abiertos. Y desde el 2003, sus deliciosos raspados y cholados comenzaron a ser reconocidos, convirtiéndose en un símbolo de esfuerzo y dedicación. “Gracias a Dios, la gente me reconoce por eso”, dice con una sonrisa que irradia gratitud. A pesar de ello, su historia no está exenta de desafíos. Aún cuando construyó una nueva vida, el recuerdo del despojo y la ardua batalla por su integridad siguen presentes.

A lo largo de su vida en el municipio florideño, Leonor ha enfrentado momentos de discriminación. En sus primeros años, las miradas desconfiadas y las actitudes hostiles la hicieron sentir como una extraña en su propio país. “Fue muy duro, especialmente para mis hijas. Pero siempre supe que tenía que seguir luchando”, dice con determinación. Su historia, aunque personal, es un espejo de la experiencia colectiva de tantos que han tenido que dejar sus hogares.

“Nos tienen abandonados”, expresa con tristeza, pero también con una fuerza inquebrantable. A pesar de los obstáculos, ella sigue adelante, vendiendo sus deliciosos productos. “Siempre estar positivos y hacia adelante en la lucha, como buenos colombianos que somos”, es el mensaje que quiere dejar a quienes la conocen, con la voz de quien ha aprendido a levantarse una y otra vez.