Por Tania Selene Valencia / tvalencia722@unab.edu.co
Cuando somos niñas nos enseñan a no confiar, a tener cuidado, a aprender a vestirnos y comportarnos. Recuerdo que, entre los muchos comentarios de familiares, siempre estaba el cuestionamiento sobre mi ropa (y mi cuerpo), sobre si a mis papás no les daba temor que saliera a la calle y algo me sucediera. Porque siempre es así: educamos a las niñas e ignoramos el comportamiento de los hombres.
La marcha del 8M en la Ciudad Bonita comenzó a las 3 de la tarde en el Parque de los Niños y las Niñas. Estábamos todas reunidas con pancartas que plasmaban las incoherencias de una sociedad cada vez más conservadora, que olvida día a día el valor de la libertad y la empatía hacia el otro. El calor era insoportable y el camino, largo, pero desde mi cámara buscaba aquellos rostros y frases que reflejaran lo que soportamos las mujeres bajo un adoctrinamiento de poder.
Las colectivas feministas, las “cuchas de Bucaramanga” y las Coordinadoras se hicieron presentes con una ola de colores morados y verdes, un bafle y un micrófono que, a pesar de su alcance, no logró gritarle a toda la ciudad desde la calle 36 que su presencia tenía que sentirse. Porque nadie más iba a denunciar que el trabajo en casa es un empleo no remunerado y que en lo que va del 2025 se han registrado 76 feminicidios.
Generalmente, no suelo estar en las multitudes. Prefiero ubicarme en los costados de la calle para observar la reacción de la gente, que siempre es la misma. Los hombres en los carros ofrecen una sonrisa burlona o un comentario ofensivo, dicho entre dientes porque tienen miedo. No es una mujer sola en una calle; somos muchas, indignadas por ese comportamiento animal constante. Luego está el señor de la moto que insulta porque por un día se cerró media hora la autopista, y la abuelita en el balcón que, a pesar de sus problemas físicos, nos saluda para alentarnos.
“Marcho porque cuando me pasó a mí, sentí culpa”
Es inevitable no sentirse identificada con alguna frase. Y aunque intento no volver al pasado, ciertas imágenes regresan a mí. Por suerte, tengo la cámara y una responsabilidad que me hace olvidar aquel momento para seguir con los retratos. Al llegar al Parque San Pío, se hacen más evidentes las personas de chaleco azul, enviadas como mediadores solo para demostrar la presencia de un Estado que usa la “palabra del de arriba” para justificar actos tradicionalistas. Nadie odia su presencia, pero el jefe debería entender que son carne fresca en una jaula de leonas que refutan la ineficiencia del gobierno.
“Para qué se dieron la espalda, eso se hubiera evitado si no fuera por ustedes”
Más adelante, me pongo un chaleco color café claro y me uno al esquema, porque no solo tomo fotos en las marchas: también me interesan los derechos humanos, y no hablaría del tema si no fuera parte del relato. Llegamos a la 33 y desde lo lejos veo cómo mujeres con el rostro cubierto pintan vallas metálicas de un establecimiento. No las detenemos; estamos al pendiente de que nadie pueda lastimarlas. Así son las cosas. Así es la balanza entre lo que está “bien” y la libre expresión.
Nos interponemos entre dos hombres de chaleco azul claro. Se presentan como conciliadores, pero la desconfianza hacia esta administración es inevitable. En un abrir y cerrar de ojos, una empleada del establecimiento empuja a la chica que graffiteaba. Hay agresión de un lado e insultos del otro. Intervenimos para calmar la situación. Uno de los hombres se me acerca casi al oído para decirme que era culpa nuestra por taparles la vista, que era nuestra responsabilidad detenerlas porque ellos “no pueden tocarlas porque son mujeres”.
No digo nada, pero quien me acompaña sí discute sobre aquella “obligación y culpa”. La multitud se percata y empieza a entrar al otro sentido de la vía para saber qué está pasando. Escucho gritos criticando los hechos y, en unos minutos, seguimos adelante.
“Ellos no pueden interceder, pero nosotras sí debíamos adivinar un hecho que pasó tan rápido?”
“Ahora lloren”
Al llegar al Parque San Pío, escucho un ruido fuerte: golpes de metal. Nos acercamos y vemos cómo otras vallas metálicas, más grandes, oxidadas y viejas, que protegen la obra de la Gorda de Botero, también están siendo intervenidas. Dentro del cercado, los intermediarios deben retirarse. Son enviados a dar la cara por otros, pero nadie la daría por ellos.
A la Gorda la pintan, le amarran un cartel. Mientras muchas mujeres saltan sobre las barreras, liberando impotencia, algunos funcionarios murmuran: “Entendemos que estén bravas por lo que les hicieron sus parejas, pero ese comportamiento no debería ser así”. Al parecer, ninguno entendía nada.
“La violencia no solo son golpes, también es el acoso, las burlas y el machismo”
De regreso a casa, no voy sola. Estoy con mi mejor compañía, pero en mi mente surge la pregunta: ¿alguna vez ese familiar, aquel entrenador, el domiciliario del restaurante, la profesora de baile, el periodista y el hombre de la calle podrán sentir remordimiento por todas las veces que he llorado, cuando mi cabeza me juega una mala pasada y me acuerdo de todo?





