Por Dahily Tatiana Flórez Flórez y María Alejandra Vargas Méndez / dflorez48@unab.edu.comvargas75@unab.edu.com  

Si se buscan cifras de violencia obstétrica (violencia al momento de dar a luz) en Santander, no hay datos consolidados ni actualizados. Sin embargo, basta hablar con algunas madres y médicos para coincidir en que el lema de la región es: “Sin dolor, no hay parto”. Desde esas palabras la mujer es condenada al sufrimiento inevitable de parir, vista como la incubadora, pero olvidada como ser humano, pues este acto de traer una vida al mundo no es solo un procedimiento fisiológico, si no, también es un momento emocional.

Daniela, que tuvo su bebé el 13 de enero de 2023, afirma: “te acuestas ahí en la camilla y te aguantas el dolor o pides la epidural, no tienes ninguna otra alternativa, la única es pagar para un parto humanizado, que tengas tu propia habitación, pero, las mujeres que no tenemos la manera de hacer esa inversión, ¿qué hacemos?, soportar el dolor porque qué más”.

Esta mujer de 20 años, estudiante de odontología, nos expresa que sus emociones se invalidaron, quiso que su pareja estuviera en todo el proceso dándole el apoyo emocional que necesitaba. Las hormonas que se liberan durante la gestación y parto lo comprueban: la oxitocina y las endorfinas no se producen en ningún otro procedimiento quirúrgico. En el proceso de parto estas entran en acción, produciendo un mar de emociones, haciendo que ella se enamore de su bebé, sienta felicidad, apego, aunque a le vez, sienta miedo, ansiedad, y hasta estados depresivos, algo que el sistema de salud no tiene en cuenta.

La experiencia de tener un parto humanizado “pareciera” que depende del nivel económico que tienen las madres y sus familias. Algunos de los privilegios son: el contacto piel a piel y el amamantamiento inmediato, la estadía de un acompañante entrenado para dar apoyo emocional durante el proceso, no inducir el momento del parto, la libertad de movimiento, ser informadas sobre la posibilidad de tener un parto vaginal antes de la cesárea, decidir si tomar o no analgésicos y no ser maltratadas con gritos u órdenes. Todo esto no es para todas.

Por dicho motivo hablamos con Felipe, a quien llamaremos así, porque no acepta el uso de su nombre en esta publicación. Es un médico con ocho años de experiencia en el sector, egresado de la Universidad Industrial de Santander. Él nos cuenta por qué el sistema de salud funciona sin priorizar las emociones y derechos de las mujeres durante el parto: “existe un colapso en el Sistema de Salud en Santander, en especial en la red pública, ya que hay limitación de recursos humanos y materiales que impiden la atención integral del manejo humanizado del parto en la región”. Antes esto, merece la pena remarcar que para el personal de salud es evidente el cansancio, las horas extra en urgencias y la no capacitación en temas humanos hace que las madres sufran las consecuencias.

Por ejemplo, en el caso de Luisa, ella ingresó a la clínica un 13 de abril a las 3 de la mañana, y tuvo a su bebé en brazos a las 10:14 a.m. Ella describe su proceso como rápido. A pesar de lo sencillo que suena, hubo lugar para la burla. Luisa sufría de anemia, era un embarazo de alto riesgo y era madre primeriza. En ocasiones, se acercó al servicio de urgencias temiendo que algo no anduviera bien con su bebé, recibió la atención, y también recibió comentarios ofensivos que la tildaban de exagerada: “¡ay!, pero por qué viene, eso es normal”, “toca es que venga por algo más urgente, siempre viene por lo mismo”, recuerda Luisa.

No fueron momentos fáciles para esta trabajadora independiente, los inconvenientes en ocasiones la impulsaban a no continuar con los controles prenatales: “no me daban citas, las pocas que me daban me las cancelaban, y las que tenía eran una porquería de controles”. En Santander, según el Departamento Nacional de Estadística (DANE) la mitad de las mujeres no asistieron a los controles, pues de 8 citas en total que les corresponden, fueron a menos de 4.

Luisa expresa que su pareja tuvo que quedarse en la sala de espera, y que le quitaron a su bebé, Alejandro, de manera inmediata. Ella deseaba que él hubiese estado más ahí, piel a piel, e incluso, “haberle dado un poquito de seno, me lo quitaron muy rápido, casi no lo alcancé a ver”. Esas fueron sus palabras al recordar su experiencia en el hospital.

Daniela Rueda, mamá de Simón, coincide con Luisa Ayala en que su pareja solo estuvo 15 minutos: “fue muy poco tiempo, solo estuve en el momento del alumbramiento, cuando sacaron al bebé de la placenta”, cuenta Santiago Rodríguez. Lo que hace pensar que la compañía es solo para ver al bebé y no para la madre.

Lo ridículo y contradictorio es que, en la encuesta hecha a 50 mujeres en Santander, se hizo afirmó que no sufrieron violencia obstétrica, solo un 18% sostuvo que sí hubo lugar para el descontento. Sin embargo, según sus propios relatos, las mujeres no solo se exponen a la violencia física en el parto, también a la violencia psicológica, que es tal vez la más normalizada. Un informe de la Universidad Industrial de Santander de 2016, llegó a dos conclusiones: la primera, que la mayoría de mujeres sufrieron de algún tipo de violencia obstétrica, y la segunda, fue la normalización o desconocimiento de sus derechos, los cuales no fueron garantizados, dejándolas en estado vulnerable.

Para este informe especial encuestamos a 50 mamás santandereanas, quienes nos contaron sus miedos durante el parto, la violencia que sufrieron o el acompañamiento que sintieron por parte del personal sanitario, así como lo que desearían haber cambiado de ese momento.

¿El parto humanizado es cuestión de privilegios?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) “todas las mujeres tienen derecho a recibir el más alto nivel de cuidados en salud durante el embarazo y el parto, lo que incluye el derecho a una atención digna, respetuosa, competente y comprensiva”. Hace poco en Colombia, la Ley 2244 de 2022, garantiza los derechos del infante y de la madre, esta misma pretende cambiar los escenarios de violencia y sufrimiento a los que las mujeres se han enfrentado hasta ahora.

La realidad es que estos derechos no se cumplen en su totalidad, muchas veces es por falta de recursos y desconocimiento, tanto del personal sanitario, como de la mujer en embarazo. Y hablando en plata blanca, tal cual como la justicia es para los de ruana, tener un parto humanizado es para aquellas que tienen billete.

El caso de Jenny Marcela Guevara, por ejemplo, difiere de las anteriores historias pues considera que su experiencia de parto fue positiva. Siente que, aunque doloroso, tuvo el acompañamiento necesario: “a mí me atendieron muy bien”, afirma. Marcela llegó a su IPS (Institución Prestadora de Salud) a las 10 de la noche, cuenta que estaba muy asustada, con taquicardia por lo que el médico de turno le avisó que le iban a programar una cesárea. Ella reaccionó a la defensiva diciéndole a su esposo que, si aceptaba, se divorciaban ahí mismo. Viendo la actitud de Jenny Marcela, llamaron al obstetra y él le ayudó para que el ritmo de sus palpitaciones bajara, le aplicó un medicamento, le pusieron azúcar debajo de la lengua y le llevaron algo de comida. Después de dos horas ya se sentía mucho mejor. Marcela dio a luz a las 2:30 de la mañana.   

Lo ilógico es que Marcela normalizara la frase que le repetía el obstetra: “parto sin dolor, no es parto”. Ella pidió a gritos que le pusieran la epidural, nunca se la pusieron. Aun así, recuerda que fue un parto muy acompañado, incluso, afirma que había seis enfermeras que la apoyaron hasta el último pujido, “todas me gritaban que podía”. Por supuesto, este parto se da por un servicio complementario, pero sin lugar a dudas el privilegio no excluye el dolor, y se deja en evidencia que cambiar el sistema de salud es una tarea ardua, pero necesaria, pues la violencia psicológica no debe ser naturalizada, así se tenga plata para ese servicio o no se tenga la forma de pagar.

Alejandra, una de las periodistas que escribió este texto, tiene tres meses de embarazo y aunque sabe todos los riesgos que implica parir, el sentimiento de valentía es increíblemente poderoso: “ser mamá es la sensación más desgarradora y hermosa. Dos corazones latiendo en un mismo cuerpo, dos que son uno conociendo el amor de forma profunda. Aunque algunas noches se siente la sombra del miedo, la incertidumbre volviéndose parte del paisaje. Ser madre es una hecatombe cargada de incondicionalidad, la emoción más genuina de vivir para crear otra vida, una que tendré que transformar sin importar los prejuicios o las violencias a las que me expongo por decidir ser mamá”. Así describe ella su sentir, su embarazo.

Ñapa:

Si usted o alguna mujer que conozca ha sufrido de este tipo de violencia en el momento de su parto, puede denunciar ante las Secretarías locales y departamentales de salud o a la Superintendencia Nacional de Salud. Si desea puede participar de la primera encuesta Nacional de Parto y nacimiento en Colombia a través del siguiente enlace: https://www.movimientossr.com/parto-respetado

Esta encuesta es realizada por el Movimiento Parto Respetado en Colombia.

Universidad Autónoma de Bucaramanga