José Gabriel Meiser – jmeiser@unab.edu.co y Zoe Valeria Díaz Fuentes – zdiaz67@unab.edu.co
Una emergencia, sea grande o pequeña, puede estar a la vuelta de la esquina. Su llegada está acompañada por las sirenas de las ambulancias, el llanto de los damnificados, los uniformados color azul marino de la Cruz Roja o del Cuerpo de Bomberos, y unas figuras que llaman la atención por el particular tono de su vestimenta. Se trata de los miembros de una institución sin más ánimo que el de ayudar: la Defensa Civil Colombiana.
Una de sus sedes, ubicada en la carrera 4 #5-04 del municipio de Floridablanca, se encuentra en el segundo piso del edificio del Archivo Departamental de Santander. Al entrar, una radio reproduce “El amar y el querer”, de José José y la cafetera expulsa el aroma del grano recién preparado mientras las conversaciones se comparten como si se tratara de una reunión familiar. En estas oficinas residen algunos que, por amor a su oficio, ofrecen su vida por un ser desconocido.
https://youtu.be/Q8FY9vbcAzM?si=HRFmXeATtxkcRQsx: Una vista de la sede que rescata algunos de los testimonios de Olga Solano y Claudia Roa. / Video: José Gabriel Meiser y Zoe Valeria Díaz.
Es recurrente que el ciudadano del común obvie el peso que conlleva esta labor, de tal forma lo admite Yhatzeel Jesuat Solano Carvajal, quien en sus inicios se unió a esta organización por la curiosidad de saber que hacían los “naranjaditos”. Hoy, tras cuatro años y medio de servicio, como el subcomandante de la Junta Piedecuesta admite: “Cuando uno ingresa empieza a conocer más gente, a salir a actividades, a ver situaciones; aquí en la ciudad uno vive en una burbuja”.
Esto lo demuestra su experiencia en emergencias que sobrepasan los límites del Área Metropolitana de Bucaramanga llegando a municipios como La Belleza, Florián, Barrancabermeja y regiones como el Catatumbo –donde prestó ayuda humanitaria el año pasado–. Relata con una serenidad impactante: “Estuvimos en lugares en los que nos tocó meternos debajo de las camionetas, nos quitaron una batería de la ‘turbo’ y muchas veces había que pasar por caminos rodeados de cilindros, donde solo cabía el camioncito y debíamos estar revisando porque en cualquier momento se iba para un ladito y bum”.

Además del riesgo para la seguridad y la integridad personal, los voluntarios también se exponen a jornadas que no acaban sino hasta que la naturaleza decida. El subcomandante trae a colación las vivencias en los incendios forestales, como el que hubo hace dos años en el páramo de Santurbán –que los retuvo 20 días en la zona–.
“Sobre las 3 de la tarde nos sentábamos y esperábamos hasta las 5, a que pasaran las corrientes de aire y no se prendiera; decíamos ‘Diosito, que no se prenda, ya queremos ir a descansar’ y se prendía (…) ese forestal lo terminamos de aniquilar a las 11 de la noche”.

El recuerdo del páramo es compartido por Olga Lucía Solano Mora, representante del grupo especial de rescate a nivel nacional, quien fue interpelada por la visión de la vida natural agonizante: “Me impactó ver cómo salían serpientes quemadas a la mitad, los animales y los árboles que parecían pedir auxilio; y uno con ese afán de colaborar y estar ahí, sobre todo porque ellos no pueden hacer nada sin nuestra ayuda”.
Si bien, afirman que, ante cualquier eventualidad, las ganas de ayudar se anteponen a cualquier otro sentimiento, este espíritu altruista sigue siendo humano. Por ello, desde hace cinco años las necesidades psicológicas del servicio comenzaron a recibir más atención –en un proceso que llaman el post operacional–, lo que ha permitido tanto fortalecer al equipo, como prestar un servicio más empático con las personas afectadas.

Para muchos esta Institución acaba convirtiéndose en un segundo hogar, tal es el caso de Claudia Susana Roa Rodríguez, una líder distinguida de la DCC, para quien portar el uniforme naranja se ha convertido en una herencia de una vocación familiar puesto que, su madre, Susana Rodríguez, también es miembro. Ella creció en las sedes, viendo a los colaboradores y pensando: “Yo quiero llegar a ser como ellos”.
Es así como el amor hacia esta vocación comienza a cocinarse desde la inocencia de una niña que, como Susana, se mete en este cuento sabiendo que no solo tendrá que sortear dificultades con las comunidades, sino también para vencer los prejuicios machistas que sobreviven, de los que ella se dio cuenta desde que inició su camino como “civilita”.
Fuente: Defensa Civil Colombiana
Al final de la tormenta, todo el trabajo, el hambre, la sed y el cansancio queda recompensado por un principio muy simple: la gratitud. Este es un sentimiento generalizado, que Roa sabe expresar fácilmente en las siguientes palabras: “Nosotros no estamos esperando el pago, no estamos esperando que alguien nos diga: ‘Ay, miren los muchachos de defensa civil lo que hicieron’. Pasa mucho que los señores de la tercera edad le cogen a uno la manita y dicen: ‘Gracias’. Solo eso llena el corazón, a nosotros nos gratifica poder devolverle a la sociedad lo que podamos”.






