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Quienes confeccionan vidas desde casa

El tapabocas dejó de ser la prenda exclusiva del personal médico. Sea para salir a pagar los recibos, mercar o pasear a la mascota, el uso de esta “prenda salvavidas” es obligatorio y hasta crucial para cuidar nuestra salud.

Los tapabocas que diseña Lilia Mendoza constan de 4 piezas de tela antifluido y los vende a 2 mil pesos. / FOTO FELIPE JAIMES.

Por Felipe Jaimes Lagos
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El pasado 12 de junio, cuando había menos de 50 mil casos de covid-19 en el país, el director del Fondo de Mitigación de Emergencias (Fome), Luis Guillermo Plata, anunció la compra de 15 millones de tapabocas quirúrgicos y 11,9 millones de tapabocas N95. Para junio la incertidumbre y el pánico de los colombianos llevó a cambiar hábitos de manera inmediata, tanto código de vestimenta como las prioridades a la hora de hacer la lista de compras.

El consumo por Internet ya no era el mismo, y como lo demuestra el estudio de Mercado Libre sobre sus usuarios, los productos con mayor volumen de resultados de búsqueda en Latinoamérica fueron: cubrebocas (10 millones), alcohol en gel (8.5 millones), antibacteriales (3.5 millones) y termómetros (1 millón).  En el caso específico de Colombia, se presentó un aumento de las ventas del 115 % para productos de la categoría de Salud y Equipamiento Médico.

El sustento del perfeccionismo

Lilia Mendoza Salinas no había confeccionado un tapabocas en sus 84 años de vida, pero hace dos meses cambió los bordados y la pintura por la confección de los cubrebocas de doble capa de tela. Ella ya era experta en hacer vestidos, muñecos, baja ollas, cojines y con esa experiencia procedió a confeccionar su primera mascarilla a puro ojo. “En el primero me demoré horas y me quedó chueco”, dice.

No obstante, para alguien que pertenece al mundo de la aguja y el hilo desde los 14 años, solo era cuestión de prueba y error para dar con el chiste. Chuzada tras chuzada, salieron los cinco tapabocas con motivos de plantas para su nieta Jhoanna, los dos unicolor para Óscar, el esposo de su nieta, y los tres con motivos de Frozen para su querida bisnieta Mariana. Las dos capas de tela antifluido, las tiras de ajuste de color negro y las costuras de hilo blanco son los materiales que Mendoza Salinas ha utilizado para confeccionar la prenda con la que busca cuidar las vidas de los integrantes de su familia.

“Todo lo que hago es a mi manera, y por más torpes que sean mis manos, soy muy perfeccionista con lo que hago”, después de perfeccionar el método y diseño de sus mascarillas, Lilia comenzó a producir todas las tardes más y más unidades para vender en el conjunto Altos de Cañaveral donde vive. De peso en peso va armando la pensión que no tiene, aunque entre risas revela que, “es mejor ganar de a poquito y tener satisfechas a las personas, que querer ganar bastante y que nadie me compre”.

La casa taller de Villabel

La tercera casa en ser edificada en el barrio Villabel fue la de la calle 7 con número 12-22. La familia Afanador Valbuena fue de las primeras en establecerse en el barrio fundado por policías. A la fecha ya van tres generaciones que han establecido su vida en esta histórica casa, ahora Fernando Afanador Vargas vive junto con su esposa Lola Nova Méndez, su hija de 23 años, Yelitze Afanador Nova y Kiara, la mascota y guardiana de la casa-taller.

Fernando Afanador trabaja desde casa hace ocho años junto a su esposa, esta decisión no fue cuestión de pandemia, pero sí de salud. Hace 11 años sufrió un grave accidente laboral que le dejó secuelas en la cadera, articulación que quedó debilitada por ser el encargado de despachar paquetes de más de 10 kilos para Servientrega. Hasta hace seis meses, Fernando y Lola confeccionaban todos los días ropa de bebé y pijamas para niños; en la sala de la casa se encuentran la troqueladora, fileteadora, collarín y la plana industrial.

Esta máquina industrial les costó 700 mil pesos a Fernando Afanador y Lola Nova. Según la pareja, “a partir de esta primera máquina se pagaron las otras tres”. / FOTO FELIPE JAIMES

Sin embargo, estas cuatro máquinas ya no trabajan en función de hacer ropa para niños sino sus respectivas mascarillas estampadas. Fernando no sabía nada sobre coser y menos el proceso de confección, pero, “a punta de los coscorrones de mi esposa aprendí”. Ahora cada día llegan encargos por WhatsApp o de algún vecino que manda a hacer su tapabocas. Desde finales de marzo la familia Afanador Vargas ha puesto a disposición su casa-taller para cortar moldes, traer los diseños sublimados, pasar mañana y tarde en la plana y empacar el producto que sirve para cuidar la salud de los demás.

En la casa taller de Lola y Fernando, cada mañana se corta la tela antifluidos acorde a los moldes que ellos mismos diseñaron. El producto final se entrega envuelto en celofán y cuesta 3 mil pesos/ FOTO FELIPE JAIMES

Emprendimiento en pareja

Con 1.665 seguidores en Instagram, Tapabocas Calú surgió como el ingreso extra de la pareja conformada por Leidy Manrique Lamus y Camilo Vesga Barón. Llevan siete años de relación y a pesar de la difícil situación comercial en el área metropolitana, el 16 de junio decidieron comercializar los cubrebocas diseñados por ellos.

En un principio Vesga Barón, de 22 años, comenzó a diseñar mascarillas quirúrgicas para uso personal y también por encargo de familiares. Al ver que cada vez eran más encargos no solo de familia sino también de amigos y conocidos, Leidy Manrique, de 20 años, le sugirió abrir un perfil en Instagram. La primera inversión fue de 300 mil pesos y la ganancia obtenida se reinvertía en la página en publicidad o en un pedido más grande. Con el paso de las semanas la gama de colores y diseños se amplió.

Tapabocas Calú comercializa un producto reutilizable hecho con una capa interna de 100 % poliéster junto con una capa externa de 88 % poliéster y 12 % spandex. / FOTO SUMINISTRADA LEIDY MANRIQUE

En dos semanas, Tapabocas Calú pasó de atender uno o dos pedidos por día a cuatro o seis, y en el último mes ya se reciben de 10 a 12 pedidos diarios. Por tal motivo, la inversión pasó de los 300 mil pesos iniciales a 4 millones de pesos. Con el esfuerzo de Camilo, quien estudia séptimo semestre de ingeniería eléctrica en la Universidad Industrial de Santander (UIS), y de Leidy, quien además de Calú, ya lleva dos años y medio trabajando en Forever 21, no solo ha perdurado su relación de pareja desde que se conocieron en el colegio, también como producto de su amor mutuo le han dado su estilo a la nueva prenda de moda. Hace siete meses no estábamos preparados para los tiempos de las mascarillas, sin embargo, a punta de vocación, rebusque y amor cualquier situación se puede tornar a nuestro favor. 

Universidad Autónoma de Bucaramanga