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El reencuentro de Mónica y Gervasio Sánchez

Crónica de un día en la vida de una joven víctima de las minas antipersona y la visita sorpresa de un reportero español que va por el mundo retratando las guerras y adentrándose en el drama humano.

Hasta el rancho de su abuela en San Pablo (Bolívar) llegó Gervasio Sánchez, el periodista español que voluntariamente se ha encargado de documentar casos en América, Europa, Asia y África como el de Mónica Paola Ardila, a quien una mina antipersona le destruyó su visión, mutilándole una mano y varias falanges de la otra. / FOTO PASTOR VIRVIESCAS GÓMEZ

Los protagonistas de esta historia son Mónica Paola Ardila y Gervasio Sánchez. Ella es una joven de 21 años, nacida en este pueblo de San Pablo (departamento de Bolívar, Colombia); él es un avezado periodista de 57 años oriundo de Córdoba (España).

Mónica Paola tenía ocho años de edad cuando esa mañana en que caminaba de su casa en el campo a la escuela, se desvió unos metros del camino para orinar y al ponerse de pie tropezó con una raíz en el potrero cubierto de rastrojo. Se fue de frente y accidentalmente activó una mina antipersona.

Su hermano y su padrastro, que iban adelante, escucharon los gritos desgarradores de Mónica Paola, quien por causa del estallido quedó ciega, perdió la mano derecha, un par de falanges de la izquierda y su cara marcada para siempre por la metralla.

A pesar de los esfuerzos de los médicos que la han atendido en todos estos años, Mónica Paola afronta una cruda realidad en la que la miseria cada día los acecha más en su hogar, un rancho de tablas en el que en la sala solamente hay una hamaca, un taburete desbaratado, una butaca para enanos, una silla de plástico con medio espaldar y un televisor que hace las veces de radio porque hace varias temporadas dejó de emitir imagen alguna.

Mónica Paola Ardila quedó ciega a los ocho años de edad por culpa del estallido de una mina antipersona en una zona rural del municipio de San Pablo, sur del departamento de Bolívar. Hoy tiene 21 años y a pesar de las condiciones de pobreza en las que vive, anhela que el Estado la indemnice para encontrar un respiro para ella y su familia, que deriva el sustento de un hermano que recibe muchos menos que un salario mínimo por trabajar en una lechería. / FOTO PASTOR VIRVIESCAS GÓMEZ
Mónica Paola Ardila quedó ciega a los ocho años de edad por culpa del estallido de una mina antipersona en una zona rural del municipio de San Pablo, sur del departamento de Bolívar. Hoy tiene 21 años y a pesar de las condiciones de pobreza en las que vive, anhela que el Estado la indemnice para encontrar un respiro para ella y su familia, que deriva el sustento de un hermano que recibe muchos menos que un salario mínimo por trabajar en una lechería. / FOTO PASTOR VIRVIESCAS GÓMEZ

Pobreza y desesperanza tan tenaces que cada día es idéntico al anterior. En esa oscuridad permanente, Mónica Paola se levanta, se viste, desayuna café con pan o saltinas –si es que hay– y se acuesta en el chinchorro a moverse de un lado para el otro y a ineractuar con WhatsApp o Facebook dependiendo de las monedas que tenga para la recarga.

El calor bajo esas tejas de zinc es abrasador y cada diez minutos a lo sumo pasan los promotores de sorteos que a cambio de mil pesos (30 centavos de euro) prometen neveras, lavadoras, motos, mercados… Gritan con megáfonos como en cualquier paraje de Macondo, mientras sortean el lodazal que hay por doquier luego de una tormenta de sábado en la noche que más parecía el diluvio universal.

No hay timbre, ni ventanas, ni baldosines y menos cerámica, tampoco vajilla, mesa de comedor, microondas o siquiera licuadora. La ducha es a punta de totuma en el lavadero que está situado en el ‘patio’. Del gas solamente está la instalación y aunque hay una bombilla la luz que entra es porque la puerta está abierta.

La sorpresa que romperá la rutina de la casa y también de los vecinos curiosos es la llegada de Gervasio, un reportero que para decirlo resumidamente no se ha perdido guerra alguna, desde las de Centroamérica en los años ochenta, pasando por el genocidio tutsi en Ruanda y el cerco de Sarajevo, hasta los más recientes acontecimientos de ese torbellino de bombardeos y atentados que son hoy Afganistán e Irak.

La razón por la que Gervasio viajó desde Madrid a Bucaramanga, de la capital santandereana a Barrancabermeja dos horas en automóvil y de allí una hora y media en una lancha a motor por el río Magdalena hasta San Pablo, es el reencuentro con Mónica Pao- la, la joven que encarna el dolor de las víctimas de un conflicto de medio siglo que en los últimos veinticinco años ha cobrado la vida de 2.248 colombianos –más 9.675 heridos– solo por concepto de estos asesinos silenciosos que son las minas antipersona y cuya fabricación no supera los diez mil pesos colombianos –tres euros–.

Mónica Paola es una de las personas que fueron escogidas por Gervasio para contar con sus fotografías las historias de carne y hueso recogidas en su proyecto “Vidas minadas”, cuya exposición desde hace veinte años ha recorrido decenas de bibliotecas, salones y galerías contándole al mundo las heridas que dejan los conflictos.

Ella reconoce su voz y expresa su alegría. “¡Don Gerva!”, le dice emocionada como en las otras ocasiones anteriores que el periodista la ha buscado para saber de su existencia.

Le cuenta que con su familia decidieron devolverse de Bucaramanga a San Pablo después de haber pasado experiencias no del todo gratas en Bienestar Familiar y el Hogar Jesús de Nazareth, y que por eso habían perdido el contacto. Entonces Gervasio sigue pregúntandole cómo ha estado, qué pasó con el disco que grabó cuando estuvo en la capital santandereana y si ha continuado tejiendo manillas como la que él lleva en su mano derecha.

Los minutos pasan lentamente. Gervasio escucha con desconsuelo cuando Mónica Paola le manifiesta un par de veces que no quiere vivir sino unos años más porque a ‘esto’ ya no le encuentra gracia.

Vuelve a pasar otro vendedor de rifas y al minuto uno de sueños. Bueno, en realidad ofrece almohadas, pero tantas frustraciones, tantas limitaciones, tanto desencanto y tanta miseria no permiten que ninguno de la cuadra se interese al menos por preguntar cuánto valen.

Gervasio utiliza su exposímetro y con paciencia infinita busca el mejor encuadre. Una… dos… tres fotos… No busca la exclusiva sino estar ahí, ser testigo de esta historia de vida, como lo ha hecho con otras víctimas de minas antipersona. Bosnios, camboyanos, angoleños, mozambiqueños, kurdos, guatemaltecos a quienes ha ayudado haciendo visible sus casos para que haya justicia y se repare a personas como Mónica Paola que nada tenían que ver con la guerra y que sin embargo sufrieron sus aterradoras consecuencias.

Después la invita junto a su madre a que vayan hasta la casa de la abuela, a cuatro calles de allí. Dialogan por el camino. Le toma más fotos. Llegan. Se saludan con la anciana, a quien ella considera la persona que más cariño le ha brindado.

‘Don Gerva’ le anima a seguir cantando. Mónica Paola le pregunta qué música es la que oyen en España. Y mientras él toma su celular y busca en Youtube una interpretación del cantaor flamenco Camarón de la Isla, le cuenta que su hijo adolescente Diego tiene un grupo de rock en la ciudad de Zaragoza, que ya tiene un disco y que canta en inglés.

Mónica Paola lleva el ritmo con su pie derecho. Sonríe dichosa. Le pide otra y otra y otra canción. Es un domingo diferente. Algo tan elemental para un muchacho en la ciudad pero tan extraordinario en este rincón de Colombia que le hace olvidarse por un momento de sus penas.

Viene la despedida de la abuela porque aprovechando que salió el sol, el propósito siguiente es ir hasta el lugar en la montaña donde Mónica Paola activó accidentalmente la mina hace trece años. Se buscan tres mototaxis que por diez mil pesos cada uno los lleven hasta el lugar y esperen unos cuantos minutos.

Los conductores hacen su trabajo pero son reacios a hablar. Cada rato miran por sus espejos retrovisores preguntándose quiénes son sus pasajeros y qué estarán buscando. Hasta que al cabo de quince minutos de veloz recorrido que más bien parece una prueba de cross a bordo de unas destartaladas motocicletas, aparece el sitio. Ya no está el rastrojo. Ahora pasta ganado cebú y hay una cerca con energía eléctrica o eso es lo que parece porque ninguno se atreve a dar un paso más allá.

Mónica Paola recuerda el momento aquel y se queda pensativa. Gervasio le hace un par de fotos y luego la abraza con afecto. Es un minuto de silencio infinito.

De regreso a casa, Gervasio le promete que averiguará con el abogado en Bucaramanga en qué va el proceso. Tal como lo haría al día siguiente a la espera de buenas noticias en lo que al fin de cuen- tas debe ser la reparación por los daños físicos y psicológicos que la mina antipersona sembrada por la guerrilla, los paramilitares o la propia Fuerza Pública –jamás se sabrá– le causó a Mónica Paola.

Se acaba el tiempo. Hay que ir al muelle a buscar una lancha hasta Barrancabermeja. Con di- ficultad por los cuarenta y dos grados de temperatura, Gervasio se pone el chaleco salvavidas e intenta acomodarse. Entretendrá a su estómago con un paquete de patacones saturados de aceite re- ciclado y a su mente –si es que lo logra– con la lectura de “El olvido que seremos”, del escritor antio- queño Héctor Abad Faciolince.

Lo lleva en su mochila junto a un impermeable, un cepillo de dientes, dos estuches de cinco rollos fotográficos, tres libretas, una muda de ropa y un pasaporte repleto de sellos, de dolores y de anhelos.

Por el cada vez más seco río Magdalena al menos ya no bajan cadáveres.

*

Gervasio Sánchez fue uno de los invitados a la Feria del Libro Ulibro 2016 de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (Unab), donde les insistió a los aprendices de periodismo que este oficio demanda además de una dedicación las 24 horas del día, la permanente exploración para entender el porqué de las cosas y saberlo ‘traducir’ a los lectores. Ha colaborado con el periódico El País (España) y trabaja para el diario El Heraldo, de Aragón, y ha recibido múltiples galardones y reconocimientos por

su profesionalismo a toda prueba, entre ellos el Premio de Periodismo Rey de España 2009 y el Premio Ortega y Gasset 2008 en cuya ceremonia se atrevió a pronunciar estas palabras:

“Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.

Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad. Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.

Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi. Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.

Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.

Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersona.

Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo mucho de mis representantes políticos.

Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte”.

Por Pastor Virviescas Gómez
pavirgom@unab.edu.co 

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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