Las expresiones artísticas son inherentes al ser humano, desde la antigüedad, mediante la iconografía de las pinturas rupestres, hasta su evolución en distintas corrientes como el muralismo de la actualidad, en manos de grafiteros que narran historias con sus pinturas en las ciudades, sus plazas, templos, viviendas y tumbas.

Por Nicole Gabriela Marín Pinto

nmarin711@unab.edu.co

Los artistas que desafían la monotonía del concreto, encuentran en este elemento la plataforma perfecta para expresar sus ideas y sentimientos. Hay para quienes esta actividad es una revelación de su propósito, como les sucede a Hender Higuera (Viruzs), Camilo Gordillo (Ceroker) y John Medina (Caucho), artistas de Cúcuta, Bogotá y Bucaramanga.

 Cada artista puede plasmar en sus murales su sentido social y opinión crítica, porque el arte es un mecanismo de expresión.

Viruzs llegó al arte luego de pasar años trabajando en algo en que, según afirma “no sentía que era para mi vida”. Actualmente tiene un enfoque comunitario en Cúcuta, donde trabaja con fundaciones y comunidades que le permiten canalizar su propósito de servir con arte. “Desarrollo mi trabajo a través de acciones en las que se desenvuelven un poco los temas que viven diariamente las personas en sus barrios, y que  tratan de plasmarlas en un mural construido por ellos mismos. Lo que yo hago es simplemente ayudarles con mi experiencia y dirección en el diseño y pintura”.

La pintura para Hender es una forma de activismo para organizaciones y fundaciones / FOTO SUMINISTRADA

Aunque la labor de los grafiteros ya no está tan estigmatizada y cuenta con más aceptación, el oficio aún tiene contradictores, situación que genera ciertas dinámicas violentas promovidas por la desvalorización del arte callejero.

“Hace unos años, estábamos pintando un mural con una frase de resistencia. Había una valla publicitaria de una empresa junto al espacio público que podíamos intervenir. El dueño de la marca llegó, y con su carro, intentó arrollar a uno de nosotros. Llamaron a la policía y, en vez de proteger a nuestro muralista, nos hicieron comparendo a todos. Mostramos esto por redes sociales y se viralizó a nivel nacional. Después, el fiscal nos dio la razón y apelaron los comparendos. A ese tipo de problemas nos enfrentamos normalmente”, afirma Hender.

Ceroker, diseñador gráfico y muralista de Bogotá, tiene un enfoque más comercial. Trabaja con marcas y campañas publicitarias. Sus inicios en la profesión se remontan a cuando tenía 13 años, e incursionó en la subcultura grafitera. Sus intenciones al pintar en la calle han ido evolucionando con su edad y su pensamiento crítico. “Al principio, simplemente quería poner mi nombre y hacer algo por diversión, de manera más egocéntrica”. Más adelante, sus expresiones artísticas se volcaron a lo social y político; sin embargo, esta etapa no lo satisfizo completamente, debido a la violencia en el país y el riesgo que podía correr. Con el tiempo encontró su sello personal con el que ha podido recorrer el mundo para darlo a conocer. Ceroker explica su marca como la implosión de la realidad con lo fantástico: “Trato de retratar una cotidianidad, pero siempre llevándolo un poco a ese mundo surreal. Yo siempre digo que lo que pinto es como una ventana a un mundo mágico, y siento que cualquier pintada en la calle ya es un acto político, porque igual está transgrediendo en la ciudad”.

En El Salvador, Ceroker dejó su huella con este mural inspirado en la danza latinoamericana. / FOTO SUMINISTRADA

Pero más allá de sus obras, hay un trasfondo económico. La profesión de un muralista y artista callejero ofrece como sustento las convocatorias lanzadas por el Gobierno, a través del Portafolio Nacional de Estímulos; festivales de arte, trabajo con fundaciones y recomendaciones de amigos y familiares.

Según John Medina, artista bumangués conocido como Caucho, “hay una competencia rara sobre quién cobra menos, quién hace más cosas, pero no tienen conciencia de todo lo que afecta al gremio”. Él, por su parte, ha incidido mediante sus murales en ciudades como Ibagué, Palmira, Cali y en países como Perú.

Caucho reconoce que en Bucaramanga hace falta mayor desarrollo a la apuesta gráfica, con el fin de que todos los artistas se organicen y se reconozcan entre sí.

Para él, esta expresión exige más que técnica, requiere de conocimientos en temas diversos que generen conexión e impacto a nuevos referentes artísticos. “Leer, escribir, deshacer. Esa creo que es la clave. Deshacer, rehacer y repetir. Ese es el proceso. Es complejo, pero la satisfacción de terminar una pieza y firmarla es la mejor recompensa”.

Caucho estampa en su mural “Tejiendo resistencia” el proceso del bordado y la extracción de arena en Cartago. / FOTO SUMINISTRADA

Algo en lo que los tres personajes coinciden es en las enseñanzas que les ha dejado su talento. “Ser artista es abrirse a una percepción única y sensible del mundo”, señala Hender.

Ceroker añade una dimensión social al hablar sobre cómo el grafiti le ha permitido experimentar realidades diferentes en su ciudad, ampliando su perspectiva y conectándolo con comunidades diversas.

Para Caucho, su profesión implica escapar de la realidad convencional, explorar nuevas experiencias y moverse constantemente fuera de la norma establecida.

“Se tiende a percibir las cosas desde otro punto de vista más personal y un poco más sensible con el arte, entonces esta es una de nuestras motivaciones más grandes. se aprende a ser más libre”, dice Hender Higuera.