Por: Brayan Castellanos Rodríguez / bcastellanos823@unab.edu.co

“Es solo una grieta”

Fue el 10 de marzo. La quietud que caracteriza a la madrugada fue interrumpida por un sismo de 5.9 que tuvo como epicentro a Los Santos, Santander. Los celulares vibraron por la alarma de Google, que levantó a más de uno y alertó sobre la posibilidad de un terremoto. Esto no fue suficiente para prever lo que enfrentarían los habitantes de los barrios La Feria, Camilo Torres y Cuyanita en Bucaramanga.

Dos días después del movimiento telúrico, una grieta apareció en la carrera 2a que es la arteria principal del barrio La Feria, sector que anteriormente ya había experimentado deslizamientos de tierra. Los habitantes reportaron la situación a las autoridades ante aquel misterioso hundimiento que media centímetros. “No se preocupen, es solo una grieta”, fue la respuesta que obtuvieron por parte de los
ingenieros que “estudiaron” el terreno. Con el paso de las horas todo empeoró. Las grietas se extendieron a las viviendas y la hendedura que inicialmente era superficial, pasó a ser un peligroso socavón con más de tres metros de profundidad. Aun así, en su momento, los profesionales en el tema se negaron ante una posible evacuación e hicieron un llamado a la calma.

El 14 de marzo, el descanso de los pobladores de esos tres barrios, nuevamente, fue atajado de manera abrupta durante la madrugada. Esta vez en medio de un aguacero. “Se escuchó como si algo estuviera en el piso y quisiera salir”, así describe Karol Villamizar Guzmán, el sonido que la despertó a ella y a sus vecinos. Alrededor de las tres de la mañana, la lluvia que azotaba la ciudad hizo que un alud cargado de rocas, tierra y árboles se desprendiera de la zona alta de la montaña. El pánico sacó corriendo a las personas de sus casas, unas alcanzaron a ponerse algo y otras se refugiaron como “dios las trajo al mundo”. Como resultado, aproximadamente cinco viviendas se derrumbaron por el deslizamiento del terreno, comenta la joven.

Las afectaciones del sismo, sumadas al fenómeno de la niña, fueron la combinación lamentablemente necesaria para que las autoridades prestaran la atención que se requería desde un inicio. La Alcaldía tardó, la situación se agravó y solo así declararon la calamidad pública en el sector de la Comuna 4 de Bucaramanga. El inicio fue duro: 447 familias perdieron sus hogares. Fueron evacuadas.

*Últimas cifras: De acuerdo con el reporte oficial del Municipio, hasta la fecha se han registrado afectaciones en 424 viviendas y colapsaron cerca de dos hectáreas de terreno en dicho sector de la ciudad.

Todos bajo la misma cancha

Los vecinos, quienes se vieron obligados a abandonar sus casas para prevenir una tragedia, fueron trasladados a unos asentamientos improvisados ubicados en el ágora de La Feria y en las canchas del barrio. Antes de dejar atrás aquel espacio, ahora deformado por las grietas, las víctimas no solo tuvieron que olvidarse de lo vivido allí, también de sus pertenencias. Ya que ahora el espacio se redujo a tan
solo 210 centímetros de frente y fondo. Medidas de una carpa. Sus nuevas casas. Isabel Román Arias, presidenta de la Junta de Acción Comunal del barrio, recuerda que tras el deslizamiento de tierra alrededor de 15 afectados llegaron a pedirle ayuda. “Fue una odisea ver llorar a la gente que había perdido todo: cama, ropa, vivienda, útiles de cocina. Lo primero que hicimos fue salvaguardar la vida”.

Las canchas que antes eran ocupadas por niños y niñas que iban a jugar fútbol, ahora estaban abarrotadas con cerca de 92 carpas, distribuidas de manera lineal en los tres espacios asignados. Como una forma de protección contra la lluvia y el sol, los nuevos residentes decidieron “techar” el lugar con plástico negro. Esto fue en vano. El agua siempre encuentra la manera de entrar. Las pocas pertenencias
que les quedaban terminaban mojadas después de cada aguacero. Y, por otro lado, ante el solazo típico de la región, cada carpa se transformaba en un sauna natural, o al menos así lo denominaban sus habitantes.

La organización dentro de los asentamientos estuvo a cargo de Ronald Martínez Monsalve, presidente de la JAC del barrio Camilo Torres. Él siempre tuvo en cuenta que la convivencia sería difícil, así que desde el principio tomó el liderazgo. “Todo se hacía bajo mis órdenes. La verdad, era la manera más bacana para trabajar”. Y esa metodología le funcionó. Por medio de lideres que él asignó, se tuvo un control
de los alimentos donados gracias a la solidaridad que despertó la situación. Con estos regalos, los encargados de la cocina hacían ollas comunitarias. El menú no cambiaba con frecuencia. Desayuno: chocolate y pan. Almuerzo: sancocho y arroz. Comida: perros calientes, salchipapa o lechona que ofrecían dueños de algunas lechonerías del sector. Por último, la limpieza se rotaba diariamente entre las
diferentes familias.

Una de las habitantes de allí, Wilianyer Vergara González, venezolana de 16 años, ocupaba una carpa con su novio y sus dos perros. La joven de ojos verdes recordaba el momento en el que se enfermó, al igual que otros menores, debido a la calidad del agua que les dieron los bomberos. Lo que no les advirtieron, era que el líquido que se veía sucio, no era apto para consumo humano, era solo para lavar
ropa. “Tenía fiebre, y vomito. No podía ni moverme”.  A pesar de pedir atención médica a los funcionarios de la Alcaldía, no recibió la ayuda que necesitaba. “Dijeron que iban a traer médicos, pero nunca aparecieron. No me revisaron, ni me recetaron medicamentos, ni nada. Incluso los policías fueron los que me llevaron al Hospital Local del Norte porque ya estaba que me desmayaba”, comentó. La escena se hizo real, popular y lamentablemente folclórica, porque la banda sonora, que se oía a lo lejos, era Sueños y vivencias de Diomedes Díaz e
Iván Zuleta, canción en la que se sufre un duelo por una mujer… o una casa.

¿Y el alcalde?

A raíz de la situación, varios ciudadanos se acercaron a los asentamientos a donar lo que tuvieran a su alcance. Luis Alejandro Forero Martínez, presidente de la JAC del barrio Villas de Girardot, en compañía con algunos jóvenes residentes de Cabecera, se unieron para entregar a los afectados: ropa, útiles escolares y un sándwich con jugo Hit. Al igual que ellos, algunos vecinos aledaños a las canchas,
pusieron a su disposición sus casas para que las personas pudieran ducharse. Debido a que el único baño portátil que había en el asentamiento permanecía sucio y era incómodo de usar.

Por el lado de las autoridades, Mauricio Aguilar Hurtado, gobernador de Santander, hizo presencia en el lugar el 24 de marzo. Tras su visita, entregó colchonetas, cobijas, kits de aseo y de cocina, se tomó una foto y se marchó en su camioneta. Nunca volvió, pero la foto quedó mela. En representación de su gobierno, delegó a la Unidad Municipal de Gestión del Riesgo del Desastre, las Secretarías de
Desarrollo Social y Salud, para brindar una atención a medias. “Vinieron, se acercaron, ofrecieron su servicio, pero han estado ausentes”, afirmó Monsalve.

Pero el personaje que más se ausentó y que casi no aparece fue el alcalde de Bucaramanga, Juan Carlos Cárdenas Rey. El “rey” de las cumbias llegó el 14 de abril, 35 días después. En definitiva, como se ha dicho, la política es dinámica, con ellos nunca se sabe, quizá hubiese llegado antes si ponían cumbias en las carpas, pero no lo sabremos. En el tardío encuentro, donó 324 kits que contenían
alimentos y útiles de aseo para seis miembros de cada familia. Además, se entregaron subsidios por $350 mil, por un lapso de 6 meses, a los más de 200 propietarios de las viviendas afectadas y a quienes vivían en arriendo se les brindó la misma ayuda durante solo un mes.

A casi dos meses de la aparición de la grieta en medio de la carretera, las carpas ya fueron desmontadas. Los afectados tuvieron que buscar un nuevo hogar con lo poco que ganan. La mayoría sobrevive, valga más que nunca la redundancia, como la mayoría de colombianos: del trabajo informal. Mientras tanto, la Alcaldía de Bucaramanga aseguró que la idea es ejecutar obras para la estabilización del suelo
en el vecindario. De momento, antiguos residentes de los tres barrios guardan la esperanza de volver a lo que antes fueron sus casas. Más allá de lo material, en aquellos hogares están los recuerdos de vida de muchas familias que terminaron sumidos por la tierra.

Actualización: Recientemente, Isabel Román comentó que la Administración Municipal ha demorado los pagos de las 279 propietarios. Además, recalca la ausencia, hasta el día de hoy, del alcalde de Bucaramanga quien “no dimensiona la catástrofe que hay en el sector. Porque cada vez que llueve tenemos miedo de que la peña se caiga y termine por derrumbar las otras casas”, afirma la presidenta de
la JAC de la Feria. Adicional, la Oficina de Gestión del Riesgo de Bucaramanga informó que el suelo no va a parar de erosionar y es necesario construir una pantalla anclada, que sirve para evitar deslizamientos de tierra, que tiene un costo aproximado de 109 mil millones de pesos.

Adicional, la Oficina de Gestión del Riesgo de Bucaramanga informó que el suelo no va a parar de erosionar y es necesario construir una pantalla anclada, que sirve para evitar deslizamientos de tierra, que tiene un costo aproximado de 109 mil millones de pesos.

Universidad Autónoma de Bucaramanga