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“Yo sobreviví a la Segunda Guerra Mundial”

Un veterano combatiente de dicha guerra, que se enlistó en el Ejército de Estados Unidos cuando tenía 21 años, le revela al Periódico 15 los recuerdos que aún conserva de su experiencia. Hoy tiene 94 años.

‘Quintero’ como lo llaman sus amigos más cercanos, siempre se sienta en su mecedora para contar sus historias: “no hay como una mecedora, las sillas tradicionales a veces son muy aburridas”. /FOTO MARÍA CLAUDIA NAVARRO

A las 9:34 de la mañana abre la puerta y sonríe. Tiene una camisa roja a cuadros y un pantalón gris que le marca una leve barriga. Los ojos le brillan como los de un niño y da la mano con la firmeza de quien sabe lo que es tener carácter.

Se sienta en su mecedora, no sin antes avisarle a su esposa, Ana Porras, que traiga todos los recuerdos y documentos que, una y otra vez, comparte con quienes llegan a visitarlo.

Ana se acerca y pone en la mesa de la sala tres álbumes, una bolsa de fotos y una carpeta. Mientras habla, extiende su mano y desprende un sinfín de recuerdos que parecen sacados de una película. Diplomas, actas, cartas, avisos, informes, telegramas y notas de periódico, entre otros, dan cuenta del valor histórico que se esconde detrás su existencia.

A sus 94 años, Benjamín Quintero Martínez conserva intactas las anécdotas de aquella barbarie de la que solo unos pocos, como él, sobreviven para contar. Con total lucidez, y después de 71 años del fin de una de las masacres más grandes de la historia, aquellas imágenes viven en sus recuerdos y en la tinta indeleble de aquellos periódicos que escribieron las incidencias de la Segunda Guerra Mundial.

Verlo leer con orgullo aquellas páginas, que se han vuelto amarillas con el tiempo, es conmovedor. Las guarda en un escritorio antiguo, como prueba fehaciente de su paso por una guerra que marcó la historia de la sociedad de mitad del siglo XX.

Se la pasa recordando lo que él define como “una época heroica que con el paso de los años fue transformándose en una memoria amarga, controvertida y trágica para la humanidad”.

Ya no está en las trincheras del ayer. Hoy, su cuartel de refugio, como lo llama, es un sencillo apartamento en el sexto piso del edificio Colpatria, ubicado junto al Parque San Pío de Bucaramanga.

Allá vive junto a su tercera esposa, Doña Ana, con quien acaba de cumplir 35 años de feliz matrimonio. Sobre aquellos amores del pasado es reservado, pues dice entre risas que “el verdadero amor se vive en el presente, no antes ni después”.

Este veterano de guerra, según sus palabras, fue uno de los santandereanos que participó como voluntario en la citada confrontación orbital, es uno de los pocos sobrevivientes de aquella época. Quienes fueran sus más cercanos compañeros en la guerra –en su mayoría norteamericanos– han fallecido en los últimos años.

Él mismo se atreve a decir que es el único que queda de su grupo de conocidos, pues hace mucho no tiene noticias de otros veteranos de distintas partes del mundo. “La verdad somos pocos los que quedamos”, dice con resignación. Cuenta que le gusta que lo llamen como le decían en ese entonces, sargento técnico Quintero Martínez, explicando que el ‘técnico’ se debe a que en Estados Unidos este título se clasifica por tareas mientras que en Colombia se hace por nivel o número: “Todo mundo me pregunta por eso, me parece más bonito como lo hacen en Estados Unidos porque aclara qué funciones hace el titular”.

Carta a nombre suyo donde el gobierno de los Estados Unidos lo notificaba como admitido: “Yo estaba segurísimo de que me iban a aceptar”. /REPRODUCCIÓN MAURICIO NAVARRO
Carta a nombre suyo donde el gobierno de los Estados Unidos lo notificaba como admitido: “Yo estaba segurísimo de que me iban a aceptar”. /REPRODUCCIÓN MAURICIO NAVARRO

Con una mirada cálida despliega una ternura entrañable, esa que solo se refleja en los personajes de antaño, de humilde sabiduría y llena de experiencias.

La primera impresión que recibe quien lo conoce es su innata amabilidad, y tal vez, a nadie se le pasa por la mente que haya podido estar en una guerra, y más como la que le tocó vivir.

Recuerdos
Cuando se le pregunta sobre sus tiempos de guerra, responde que se siente “tan valiente y tan héroe como cada uno de los cuarenta millones de víctimas que cayeron en los frentes de batalla de esa cruel época”. A pesar de ser colombiano, ingresó a las filas del Ejército de Estados Unidos cuando tenía 21 años. ¿Cómo explicar que un compatriota terminó defendiendo a esa nación? Responde que “simplemente me dejé llevar por el periplo de mi vida”.

Después de graduarse como periodista de la Universidad Javeriana, el 5 de mayo de 1944, se fue a perfeccionar el arte de las letras a la Universidad de Columbia, en Nueva York. “Estábamos en plena guerra. Aún faltaba poco más de un año para que Adolfo Hitler fuera vencido”, relata con pausa, dada su avanzada edad.

Durante el tiempo que vivió en el país anglosajón, vio cómo se enfilaban miles de jóvenes y de inmediato quiso reclutarse, como todo hombre de “gran ímpetu, altivo y valiente, para los campos de batalla de Europa”, ya que esa siempre había sido su personalidad.

Pese a ofrecerse como voluntario, el exigente Gobierno estadounidense lo hizo cumplir duras pruebas para conocer si tenía las condiciones que requería el servicio militar para enlistarse a combatir contra los países del Eje; es decir, contra Alemania, Italia y Japón. Una vez aceptado por el “ejército gringo”, como él lo llama, dejó la tinta y el estilógrafo para agarrar los fusiles.

Su inteligencia, su dedicación a la milicia, su juventud, su formación profesional, sumados seguramente a su carácter santandereano, lo arrojaron a esta sangrienta jornada.

Con ‘Anita’, como la llama de cariño, ha vivido los mejores momentos de su vida: “Ella lo es todo para mí”. /REPRODUCCIÓN MAURICIO NAVARRO.
Con ‘Anita’, como la llama de cariño, ha vivido los mejores momentos de su vida: “Ella lo es todo para mí”. /REPRODUCCIÓN MAURICIO NAVARRO.

Antes de partir a la guerra, le dieron un plazo de 90 días para que visitara a su familia. No sin antes verse obligado a cursar, de manera intensiva, el aprendizaje del inglés, y como era casi imposible que regresara vivo de la confrontación bélica, fue enviado a su tierra natal “para que se despidiera de sus padres y amigos”.

Llegó a Colombia en un avión norteamericano. Venía con la única misión de contarles a sus parientes la decisión de irse a combatir. Dice que sus padres, unos labriegos de Rionegro (Santander), nunca entendieron el porqué de su decisión por defender a otra nación: “Yo simplemente atiné a decirle a mi papá (Carlos Quintero) que si no regresaba del frente de lucha, regresarían a él mis insignias”.

Tras despedirse y viajar de nuevo al territorio estadounidense, el sargento Quintero fue reubicado de batallón y enviado a California. Allá se vio obligado a nuevos entrenamientos, pues esta vez debía enfrentarse a los japoneses: “Los más sangrientos de aquella guerra junto a los alemanes”.

Bajo órdenes del general Douglas MacArthur, su comandante supremo, fue enviado a las Islas Aleutianas en Alaska. Según explica, aquel era “un punto estratégico, porque esas islas se conectaban con Rusia”.

Allí estuvo en las zonas de artillería, en las de ingeniería e incluso en el servicio de inteligencia del Ejército, “en el área de la mensajería me escogieron a mí porque era bilingüe”.

Así fue como este guerrero, natural de Rionegro, tuvo que batirse desde diversas trincheras, siendo los campos de confrontación de las Aleutianas, Dutch Harbor (Alaska), la base donde combatió a los ejércitos japoneses.

Entre las anécdotas que cuenta, recuerda que en su batallón compartió con otros dos colombianos: un bogotano y un caleño. Este último, asegura, se volvió loco durante el entrenamiento militar. Nunca supo qué pasó con ellos después de finalizados los combates.

El sargento Quintero comparte en cada visita el manojo de memorias que tiene en papel: “Es más fácil así porque recuerdo más rápidamente las anécdotas que le gusta oír a la gente una y otra vez”. /FOTO MAURICIO NAVARRO
El sargento Quintero comparte en cada visita el manojo de memorias que tiene en papel: “Es más fácil así porque recuerdo más rápidamente las anécdotas que le gusta oír a la gente una y otra vez”. /FOTO MAURICIO NAVARRO

Hablar con él es sentir en el alma la historia viva de la guerra. Como todo excombatiente, no se cansa de contar las rutinas de entrenamiento en el Campamento Militar Croften Spartanburg, que abandonaría un año después de portar el uniforme. Ya habían cesado los combates, Adolfo Hitler había muerto y con la rendición de Japón, luego de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, la paz –relativamente– había vuelto a su vida: “Queda una sensación de vacío, de soledad, cómo si le hubieran amputado a uno una parte de su ser”.

Nueva vida
Muchos años después de finalizada la guerra, curiosamente terminó viviendo en Japón por un corto tiempo. Allí no fue a pelear. En ese entonces, casi veinte años después de la histórica confrontación, conoció las instalaciones de la firma Mitsubishi. Sorprendió a los japoneses con una de las mayores aficiones de su vida: el arte bonsái, una técnica exótica capaz de hacer crecer árboles dentro de una botella.

Explica que “era mi afición, el bonsái es una maravillosa forma de arte japonesa que consiste en modificar el tamaño de árboles y plantas para crear espectaculares y delicadas escenas naturales. Siempre me gustó porque esa especialidad requiere de mucha paciencia y dedicación, pero al mismo tiempo se convirtió en una forma de meditación y reflexión profundamente relacionada con la filosofía zen”, dice con nostalgia.

Mucho antes de ese encuentro nipón tuvo apariciones en medios de comunicación como Vanguardia Liberal y La Razón ejerciendo labores de periodista.

Incluso ocupó cargos oficiales y fue diputado, en los cuales tuvo que liderar verdaderas batallas con sus contendores políticos, aunque aclara que, de acuerdo con su forma de ser y percibir la vida, “la cosa política no me resultó tan entretenida, en vista a tantos intereses”. Mientras trae de vuelta sus memorias, en la biblioteca del 601, Don Benjamín desempolva los álbumes donde tiene todas las fotos en sepia y en blanco y negro. Se enorgullece, además, mostrando el uniforme militar que hoy le queda demasiado estrecho.

El 29 de agosto de este año, cuando cumplió 94, volvió a lucir su uniforme. Dice que sintió “rejuvenecerse” al ver su chaleco lleno de medallas: “Fue mi mejor regalo. Era como seguir siendo optimista en la guerra, con la esperanza de regresar cualquier día victorioso para seguir siendo un digno representante del empuje y del tesón de los santandereanos en tierras ajenas”.

Tenía 21 años cuando ingresó al Campamento Militar Croften Spartanburg: “lo recuerdo como si fuera ayer”./ REPRODUCCIÓNMAURICIO NAVARRO
Tenía 21 años cuando ingresó al Campamento Militar Croften Spartanburg: “lo recuerdo como si fuera ayer”./ REPRODUCCIÓNMAURICIO NAVARRO

Tiene grabado cada uno de los momentos en los que, desde una posición estratégica, tuvo que ver a muchos de sus compañeros morir en la guerra. De sus relatos sorprende que aún tenga papeles, cartas y fotografías que confirman la validez de sus recuerdos. De hecho conserva con sumo cuidado, en diversas carpetas y sobres, todas las notificaciones oficiales del Gobierno del país norteamericano que ratifican y legitiman sus testimonios: “Todos estos documentos son originales, no son fotocopias. Los cuido de una forma meticulosa porque sé que hacen parte importante de mis anécdotas”.

Todo lo que sea confrontación lo conmueve, sobre todo si tiene que ver con Estados Unidos. De hecho, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, conocido como el 9/11, le envió una carta de solidaridad al presidente norteamericano de ese entonces, George W. Bush: “Sentí una profunda tristeza”. Agrega que “no me cabe en la cabeza que ese día hayan muerto alrededor de 3.000 personas y que hayan dejado a otros 6.000 heridos, así como la destrucción en Nueva York de todo el complejo de edificios del World Trade Center”. Para su grata sorpresa, unos cuantos días después, el propio exmandatario le contestó su misiva dándole las gracias por sus condolencias y participación en la guerra.

El sargento técnico Benjamín Quintero es un excombatiente al que, tal y como les pasa a muchos, le duele la guerra y quiere la paz. Él tuvo la fortuna de no pisar minas, ni de quedar herido en medio de un combate, No le pasó lo que vivieron otros compañeros que perdieron sus manos o sus piernas en medio de las armas.

No obstante, la dura guerra de ayer es un argumento válido para invocar y desear tiempos pacíficos para su querida Colombia.

Hoy, justo cuando Colombia alcanza a ver las primeras banderas de paz que lleva persiguiendo tras 50 años de guerra, sostiene querer que el país retorne a la convivencia pacífica: “Porque ningún interés, ni mucho menos los afanes políticos pueden valer más que las vidas de las personas”.

Tan solo unos días antes de este encuentro había recibido un galardón titulado: “La vida, un camino de servicio”, por medio de un decreto municipal que enaltece su valentía, sacrificio y entrega a su trabajo como excombatiente. Claro está, que ese reconocimiento es solo uno más para destacar en la interminable lista de galardones que se ha colgado en el pecho.

Por Mauricio Navarro A.
anavarro7@unab.edu.co

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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