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Sonidos que narran historias

El acordeón es un instrumento musical que en Colombia se relaciona con el vallenato, y que con sus melodías ha acompañado, durante décadas, los relatos de la cultura del Caribe hasta llegar con fuerza al interior del país.

La marca alemana Hohner es una de las que más vende acordeones para Colombia, se destacan el Corona II y Corona III. En la imagen, Daniel Andrés Rodríguez Redondo, músico bumangués. / FOTO JUAN DAVID QUIJANO

Por Juan David Quijano / [email protected]

Además de su popularidad en el país, el acordeón también es un instrumento que se destaca en las culturas alemana y mexicana. Tiene distintas variaciones, pero en Colombia el más popular es el diatónico, que recibe este nombre debido a que sus botones producen un so-
nido al cerrarse y otro al abrirse.

Los estudiosos de este instrumento señalan al armenio Cyrill Demian (1772-1847), como el inventor del acordeón, de quien se dice que inicialmente lo llamó accordion. También se asocia con el alemán Christian Ludwig (1805-1864). Según el compositor y acordeonista español Javier Ramos Martínez, en un artículo para la revista Folklore, su origen se
remonta a 1829. Se trataba de una caja de madera con lengüetas metálicas y un fuelle. Con el paso de los años se fue llevando a países como Francia y España, y debido a la diferencia cultural y musical de cada país empezó a surgir la necesidad de hacerle modificaciones. Inicialmente era bien visto por las clases sociales altas, pero después su prestigio aumentó a tal punto de ser utilizado por personas de distintas condiciones sociales.

Su llegada a Colombia se cree que fue por casualidad, hay quienes cuentan la historia de una
embarcación que llegó por error a finales del siglo XIX a la región caribe con acordeones y pianos. A partir de ese suceso se empezó a experimentar con este novedoso artefacto hasta hacerlo habitual.

Según Julio César Oñate Martínez, historiador del folclor vallenato, nacido en Santo Tomás de Villanueva, La Guajira, el primer acordeón que vino al país fue el denominado “tornillo de máquina”, que tenía cuatro tornillos en la parte superior y contaba con una sola hilera de botones. Hacia 1930 llegó el “moruno”, que tenía como característica la ausencia de los cuatro tornillos. Diez años después apareció el primer acordeón diatónico, tenía dos hileras de botones y se le llamaba popularmente “el guacamayo”. A mitad de siglo se conoció uno nuevo que tenía tres hileras de teclas. A pesar del avance en cuanto al número de botones, los intérpretes buscaban más comodidad para tocar el instrumento, debido a que la caja era cuadrada, entonces el siguiente avance fue cambiar esta caja por una más circular. Ese es el acordeón que se ha mantenido hasta la actualidad. En Valledupar, Cesar, se consolidó como el instrumento insignia del vallenato, uno de los géneros musicales más importantes en el país.

“El fuelle es el que le da vida al acordeón. Se le llama el pulmón porque se encarga de tomar aire para que las lengüetas puedan vibrar. El diapasón es donde está todo el mecanismo de los botones. Las cajas son las que hacen la resonancia y producen el sonido. En su interior están las lengüetas, que son hechas de acero y de ellas depende la vibración y el sonido. Por último, están las correas, que son las que permiten que el instrumento pueda estar sujeto a la persona que lo está tocando”, explicó Luis Eduardo Mendoza Duarte, maestro y técnico del instrumento.

El técnico hace mantenimiento y cambia las piezas dañadas, como lo hace Luis Eduardo Mendoza. / FOTO JUAN DAVID QUIJANO

Gracias a la fama del vallenato, muchos niños alrededor del país se animan a aprender a tocar
acordeón. Esto es algo que se da no solo en Valledupar; en Bucaramanga hay escuelas y profesores que se dedican a enseñar las bases del acordeón. “El proceso formativo inicia con la motivación del alumno. Motivarlo y ya. Uno delos primeros pasos es que empiece a conocer los sonidos, a explorar el instrumento, esa es la base”, dijo Mendoza Duarte, oriundo de González, Cesar. A partir allí el aprendiz empieza un proceso de práctica y formación para después poder llegar a dominar esta herramienta musical.

Acordeoneros santandereanos


“Mi primer acercamiento lo tuve gracias a que en mi casa se escuchaba mucho vallenato y mi padrino me preguntó si me gustaría aprender a tocar acordeón, y yo dije que sí”, relató Nicolás Torres Rodríguez, acordeonero santandereano. A partir de ese momento este joven empezó a formarse como intérprete de este instrumento, algo en lo que encontró pasión.

El acordeón más utilizado actualmente en Colombia es el Hohner Corona III, que fue lanzado en 1999. / FOTO SUMINISTRADA

“Las clases iniciaron en junio de 2011 y para mi cumpleaños yo le pedí a mi papá el acordeón, él accedió y fuimos a comprarlo.Costó un millón cien mil pesos. Era uno de referencia Rey Vallenato, de color rojo”, relató Daniel Andrés Rodríguez Redondo, acordeonero bumangués.

Algo que comparten estos dos intérpretes es que se formaron inicialmente en la Casa de la Cultura Piedra del Sol, de Floridablanca, con el profesor Carlos Andrés Colmenares, hijo de Ramiro Colmenares, acordeonero bumangués que hizo parte del grupo Los Embajadores Vallenatos.

Nicolás Torres nació en Bucaramanga, el 26 de agosto de 1996. La primera vez que participó en el Festival de la Leyenda Vallenata fue en 2011, en la categoría juvenil. “Me fue bien en el son y la pulla, en el paseo me fue mal, porque de los nervios se me olvidó la letra”, relató. Participó cinco años seguidos en el también llamado Festival Vallenato, desde 2011 hasta 2015. En 2014 llegó hasta la tercera ronda, terminó en la posición 22, entre 100 competidores. “Para tocar acordeón hay que coordinar pitos, bajos y fuelle, es de mucha
práctica y de amor por el mismo”, afirmó Torres Rodríguez.

Daniel Andrés Rodríguez nació el 13 de julio de 1999 en Bucaramanga. Desde los 11 años de edad empezó a tocar acordeón, y ha tomado clases en la academia de ‘el Turco Gil’, en Valledupar. También recibió clases de Rafael Pinto. “Es al que yo más le debo lo que sé en cuanto a este instrumento”, manifestó el santandereano.

Los acordeones se pueden personalizar con diferentes colores y palabras de acuerdo al gusto del intérprete. / FOTO JUAN DAVID QUIJANO


Xavier Camerer fue otro delos profesores que tuvo. Se empezó a preparar para el Festival de Acordeones del Río Grande de la Magdalena, que se realiza en Barrancabermeja. En esta competencia ha participado dos veces. Posteriormente se interesó por hacer algo diferente, y le surgió la idea de presentarse al Festival Vallenato para tocar todas las canciones en modo menor. “Eso es algo complejo y contradictorio debido a que es ir en contra de lo tradicional”, aseguró. El modo menor implica cambios en la escala, la armonía, la sonoridad y la digitación.

En 2018 se fue a estudiar producción musical a Bogotá con la intención de aprender más sobre música, conocer el trasfondo que hay en el instrumento que desde niño lo acompaña. Empezó a prepararse allá a mediados de 2019. A finales de ese año regresó a Bucaramanga y siguió su formación con el maestro ‘Lalo’ Mendoza. Este sueño se vio opacado por la cancelación del evento a causa de la pandemia del covid-19. Este evento se iba a realizar del 29 de abril al 2 de mayo. “El acordeón es un instrumento difícil por su estructura, es diferente al resto de instrumentos, necesita de un gran estudio y práctica”.

Así se ve el interior de un acordeón Corona II, que recibe este nombre debido a que por cada botón suenan dos lengüetas o pitos. / FOTO JUAN DAVID QUIJANO

El técnico

La labor del técnico es reemplazar las piezas desgastadas o dañadas por unas nuevas para que así el acordeonero le pueda sacar el máximo provecho al instrumento. “El problema más común que se presenta es que las lengüetas se parten debido a la vibración. Otro problema es que el fuelle se rompe por el uso y el paso de los años”, aseguró Luis Eduardo ‘Lalo’ Mendoza.

Los precios de este instrumento varían. En almacenes especializados, como Ortizo, se encuentran acordeones desde 2.600.000 de pesos, hasta de más de 5 millones.

Universidad Autónoma de Bucaramanga