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Sobre tablas, entre telones, bajo tramoya

En un mundo dominado por la tecnología y en el que cualquier persona puede conseguir imágenes en alta fidelidad, persiste un oficio que requiere de la interacción de actores de “carne y hueso” con su público: el teatro.

Por Brahyand Arango
barango@unab.edu.co

Morcilla”, “panela”, “dar pie” y “robar foco”. Estos pueden ser términos familiares para cocineros, futbolistas o ladrones, pero en realidad no son propios de ninguno de estos oficios, son de uno que puede reunir estos y muchos más, el teatro. En él se esmeran por causar risa al momento de usar sus frases técnicas, pues estas expresiones en las artes escénicas significan respectivamente: una frase improvisada en el momento justo para enaltecer una escena; un diálogo extenso de un personaje; dar el diálogo anterior para que el compañero continúe al momento de detener un ensayo, y robarse la atención del público distrayéndolos de la acción principal de la escena, respectivamente.

Ciudad dramática

El arte dramático nació como un rito religioso en el siglo V a. C. en Atenas. Al principio consistía en un coro de 12 individuos que cantaban y danzaban en honor a Dionisio (dios de los cultivos, el vino y la fiesta) para que les generara abundancia en la agricultura; luego avanzó y se le incluyeron algunos elementos y removieron otros hasta llegar a ser lo que en la actualidad conocemos.

A Bucaramanga llegó gracias a un hombre llamado Anselmo Peralta que era un carnicero y luego se convirtió en un gran negociante. Era un apasionado por el espectáculo escénico gracias a la influencia de su padre, lo que le permitió construir el Teatro Coliseo Peralta en 1853 que hoy aún se mantiene en pie en la carrera 12 con calle 41, y que un día fue el primer centro de espectáculos con el que contó la ciudad.

A comienzos del siglo XX, el teatro perdió algo de importancia para el público con la llegada del cine, que fue el medio que más sepultó a las artes dramáticas con su llegada. Esto en Bucaramanga llevó a la pérdida de los espacios que estaban dispuestos para estos espectáculos y que fueron derrumbados en el momento que pudieron tocar el punto más alto, como ocurrió con la torre de Babel. Por ejemplo, el Teatro Garnica, ubicado en la carrera 17 entre calles 33 y 34, que fue uno de los centros culturales más importantes de la ciudad y finalmente (después se convirtió en una sala para la proyección de Sobre tablas, entre telones, bajo tramoya películas pornográficas), terminó por ser un centro comercial donde consigue tres camisetas por $30.000. Otros corrieron con peor suerte, pues terminaron por convertirse en parqueaderos, bodegas, edificios, bombas de gasolina o en espacios en reconstrucción por más de 10 años.

Tablas con espinas

A pesar de esto, hoy día algunos se dedican al oficio de hacer teatro y así subsistir. Buscan por todos los medios lograr presentaciones, hacer temporadas y mostrar obras teatrales en los pocos espacios que quedan en la ciudad para realizar estos espectáculos. Improvisan escenarios en parques, plazoletas y canchas de colegios, espacios que logran reemplazar a una construcción luminotécnica que tarda aproximadamente dos meses en montarse y donde se invierten mínimo 20 millones de pesos en producción. El hecho de que antes de la llegada del cine e incluso en los primeros cinco años de su posicionamiento, existieran más espacios destinados a la labor escénica, no quiere decir que haya sido fácil. Germán Castro Blanco, director del grupo Teatro Libre de Bucaramanga con experiencia de 35 años en el medio, comenta que al principio fue difícil, sobre todo porque en esa época era casi imposible hacer teatro. “Primero que todo los padres tenían ese concepto de que el que se dedicaba a esto era drogadicto u homosexual, o terminaba siendo un hippie lleno de piojos y maloliente”, recuerda Castro.

‘Cine 4D’

El teatro por su parte es inmediato y de contacto directo entre la escena y el público, además, se puede aplicar todos los sentidos; en una obra se puede oír la potente voz de los actores, percibir el aroma de la escenografía y de los elementos expuestos para ambientar e incluso, se puede palpar o saborear a los actores si algún intrépido quisiera hacerlo.

El actor escénico tiene un contacto directo con el público, puede verlos a los ojos a través de una pared invisible (que rompió Bertolt Brecht hace aproximadamente un siglo con su estilo de arte crítico) y de esa forma tiene un contacto íntimo con ellos. Experiencia que describe Diego Mendieta, actor hace 18 años: “Lo que entrega de más el hecho de actuar en las tablas es la conexión directa con la gente; es bastante importante para uno como actor esa simbiosis con el público. En el cine uno puede ir a la proyección de los productos audiovisuales en los que participa y aunque se sienten las reacciones de la gente, no es lo mismo que le ofrece a uno la acción teatral, esa conexión con la energía de las personas”.

Teatro University

Ser teatrero no es solo aprenderse un texto y subirse al escenario a recitarlo, este oficio requiere de escribir el guion, buscar un espacio dónde presentarse que se ajuste a las capacidades económicas, conectar con empresas que los apoyen y que quieran contar con sus servicios y esto puede extenderse a veces a años, dependiendo de la suerte con que se cuente. Además, en caso de ser una presentación privada –de esas que por ser para empresas multinacionales deben pasar seis filtros–, hay que esperar meses para que se haga efectivo el pago. Omar Álvarez Vera, actual director de Teatro de la Universidad Industrial de Santander, afirma que un teatrero solo puede tener las manos limpias y la mente despejada cuando se sube a escena, porque “ser teatrero requiere meterse en el vestuario y enfermarse de rinitis, matarse la cabeza por no saber de qué forma clasificar la utilería, sentir golpes de corriente al intentar enchufar las luces y tener las manos rajadas de guerrear, que igual eso se tapa fácilmente con maquillaje”, añade.

Sebastián Fernández, actor y cofundador del grupo juvenil La Caja Teatro comenta que para un teatrero, la gente del común se convierte en personajes por su forma de hablar, caminar o actuar. “Ser teatrero es experimentar todo, ser carpintero para hacer escenografía, ser modista para hacer vestuario y si le tocó interpretar a un médico, le toca ‘graduarse’ en medicina en los dos o tres meses que dura el trabajo de mesa, para construir su caracterización, porque en el público puede haber un médico o al menos alguien que conozca del tema, y si lo haces de la forma incorrecta le vas a quedar mal y en el arte quedarle mal a una persona es quedarle mal a todo el público”, explica Fernández.

En este oficio se reúnen las historias de muchos que en su niñez soñaban con ser astronautas, un poco más tarde querían ser médicos, en su pubertad se veían como abogados y al salir del colegio querían ser ingenieros, pero que en el teatro vieron la plataforma para hacer todos estos oficios al mismo tiempo sobre unas tablas ubicadas a metro y medio de altura, entre dos telones rojos que parecen infinitos, bajo la tramoya que amenaza con dejar caer sus luces y a la espera de un aplauso que cause eco en el lugar donde se presenten.

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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