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Tiempo que transcurre en punto de cruz

Cuando por fin el hilo se adentra en el ojo de la delgada aguja, los minutos y horas dejan de ser unidades de tiempo y se reemplazan por partes de un mameluco, la mitad del dibujo de un perro o el regalo de Navidad para toda la familia.

El tambor es un artefacto que funciona como plataforma para que la tela se mantenga extendida. Este tiene un valor aproximado de 4.500 pesos. / FOTO KATHERINE VELANDIA

Por Felipe Jaimes Lagos

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Bordar es una actividad que ha estado presente durante la extensa historia del ser humano. El arte del bordado no tiene fecha de caducidad o uso exclusivo, debido a que existe desde que el Cromañón (nombre del Homo sapiens de la época) habitaba en cuevas y vivía en un presente que sería denominado, más de 32.000 años después, como Neolítico. Este pasatiempo estuvo presente tanto en el Antiguo Testamento cuando se hacía mención al comercio que realizaban los fenicios, como en las vestiduras de los guerreros bizantinos en el periodo de las Cruzadas en la Edad Media.

No obstante, tales datos no pasaron por la cabeza de Adriana Paola Rocha, estudiante de Medicina de 23 años, cuando buscaba un detalle para regalarle a su novio, Luis Alfonso Benítez. En marzo de este año y con la ajetreada rutina de prácticas en el Hospital Universitario de Santander, ella confesó que tal regalo: “Quería mandarlo a hacer”. Pero, a raíz del aislamiento obligatorio en todo el país, los días de prácticas de noveno semestre de la Universidad Industrial de Santander terminaban para sus estudiantes.

Adriana Paola, fanática de las manualidades y con una precisión quirúrgica en sus manos, encontró la manera de hacerle un regalo a su novio. Con el objetivo de plasmar la foto favorita de su pareja, se armó con un lápiz, un tambor, tijeras, agujas e hilos de distintos colores (cada uno a 2.500 pesos) para hacer de las suyas en un lienzo con forma de gorra beige. Fueron varios días en los que, en medio de la rigurosa lectura en foros, la aplicación de diversos tutoriales de YouTube y uno que otro pinchazo en el dedo, Adriana Paola tuvo como reto aprender el bordado en punto de cruz.

A Luis Alfonso Benítez, estudiante de psicología de la Universidad de Santander, le causaba curiosidad el ímpetu y la dedicación que su novia demostraba al pasar horas concentrada en tejer una gorra. Hasta que reconoció la silueta plasmada en ella: “Cuando vi el resultado final, no lo podía creer, inmediatamente se me conmovió el corazón por el significado que tiene esa imagen para mí”. La imagen de Luis Alfonso junto a su perro Zach, quien fue su fiel compañero hasta que falleció, era el primer bordado que Adriana Paola había hecho con sus manos. Pero según ella no será el último debido a que: “Bordar ha sido algo relajante en estos momentos en los que hay mucho tiempo libre y desesperación”.

Tradición e institución aún vigentes

Antes de que Colombia se llamara así, el bordado llegó junto con los conquistadores españoles a las denominadas en su momento, tierras indias. Dicha técnica se institucionalizó en el país a mediados del siglo XIX, con la implementación de una clase de bordado en los colegios aristócratas. Al principio, durante la Colonia, las responsables de seguir con este arte fueron las mujeres españolas y, con el paso del tiempo, las mestizas. Estas últimas adoptaron esta tradición, formando las pequeñas empresas familiares de bordado. No obstante, esta tradición iba de forma paulatina al borde del olvido.

Sin embargo, en el año 1962 en Cartago (Valle del Cauca), las señoras Aura Padilla, Clementina Dávila, Luz y Aura Arce de Rodas abrieron el primer centro de rescate del bordado, según la página web de la Alcaldía de esa ciudad. Y para 1965 ya algunas señoras decidieron emular el ejemplo de las anteriores y es así como nacen los primeros talleres de las señoras Mercedes de Mazuera, Gabriela Londoño, Dora González de Gallego, Lucy Murgueitio y algunas más.

Como resultado del amplio legado del bordado que se enseñaba a las mujeres en la mayoría de los colegios del país, toda una generación aprendió el arte de la aguja, hilo y mucha paciencia. Tal es el caso de Gloria Patricia Carrillo Sánchez, quien con 11 años, ya daba sus primeras punzadas en el salón de primero de bachillerato (sexto grado) del Colegio La Normal de Señoritas en 1976. No solo en el colegio, también en casa, Gloria seguía con la práctica, guiada por su madre, Isabel Jaimes de Carrillo, perfeccionaba su habilidad y sobre todo comenzaba a sentir afinidad por la aguja y el hilo.

Adriana Paola Rocha necesitó de un dibujo a lápiz para plasmar la forma deseada. / FOTO SUMINISTRADA LUIS BENÍTEZ

“No me pregunte cuántos años tengo ahorita, pero sí llevo unos 40 años bordando”, aseguró Gloria al revelar que el bordado ha sido el pasatiempo de su vida. Ahora que goza de más tiempo, debido a su jubilación como docente, es la actividad que más disfruta hacer gracias a la tranquilidad que le otorga. Según ella, siempre hay un motivo para realizar un detalle bordado: “Algún cumpleaños, el día de la madre o el padre, la Navidad que asoma desde septiembre o algún bebé que esté próximo a nacer”.

En toda su trayectoria realizando distintos detalles e invirtiendo horas de trabajo entre algunos hilos tercos o agujas atrevidas, ningún trabajo hecho por las manos de Carrillo ha sido comercializado. Así lo afirmó: “No soy capaz de cobrar, no me enseñaron a cobrar. Todo lo que hago es para detalles y regalos, todo lo he regalado”. Además, ella con un tono seguro y hasta orgulloso se jacta de no haber dejado ningún trabajo a medias.

Bordando los años en recuerdos

Así como Gloria se ufana de no dejar a medias el trabajo y de no cobrar por los detalles que borda, Lilia Mendoza Salinas se enorgullece de haber aprendido la técnica de punto de cruz a puro ojo desde los 13 años. “Yo aprendí ayer, hace 65 años”, saca pecho Lilia, quien ahora a sus 78 años es capaz de hacer un vestido de novia desde cero. Con el metro de tela para bordar, que actualmente cuesta 13 mil pesos, ella ha hecho desde el kit completo de bebé (mameluco, toalla, babero) hasta el kit de cocina (limpiones, baja ollas, manteles e individuales).

Las lecciones para aprender a bordar las tomó por sí misma: “Aprendí a coser y a bordar, en principio, mirando a una tía porque ella cosía. También observaba a la modista cuando nos tomaba las medidas y anotaba en un papelito cómo era el proceso. Además, teníamos en la casa algunas revistas que explicaban la manera de trabajar”. A punta de observación, práctica, pinchazo, error y horas que pasaban de puntada en puntada, los hilos de ocho metros de largo tomaban la formada deseada por una aplicada Lilia.

Quien constató el dominio de las telas punteadas, hilos de colores y tambores, fue la hija mayor de Mendoza Salinas, Mélida García Mendoza, quien desde niña veía cómo su madre bordaba sus sacos, blusas y hasta gorros a modo de ensayo. Entre risas, la mujer recuerda sus peculiares sesiones de práctica: “Desde que nació mi primera hija, yo me quedaba en la casa con ella y del aburrimiento me ponía a echarle mano a su ropita. Al principio le quedaban huequitos que después debía remendar, pero con el tiempo me quedaba hasta bonito”.

Ese mismo espíritu lo ve reflejado hoy con su primera bisnieta, a quien no para de bordarle ositos, flores completas (las cuales requieren usar de cinco agujas al tiempo) y motivos navideños. Desde que borda no solo se ha ahorrado el dinero de comprar cualquier tipo de regalo, sino que ha ganado “uno que otro pesito que nunca está de más”. Pero lo más importante para Mendoza es que sus regalos gustan más porque “los hago yo con mis manos”. Por tal motivo, no ha perdido ni un solo segundo en esta cuarentena para tener listo el regalo de Navidad: “Desde ya estoy pensando a ver qué me invento este año”.

A pesar de que esta tradición ya no se enseñe en los colegios o que cada vez se consigan menos revistas de bordado, este pasatiempo adquirió una “nueva juventud” gracias al internet y las redes sociales. Ahora hay miles de publicaciones en sitios como Pinterest o Instagram donde los diseños, moldes, ideas y técnicas se encuentran a un “like” de distancia. Logrando que un pasatiempo considerado “de abuelitas” y con más de 30.000 años de existencia sea un arte que sigue atrayendo a personas para que tejan sus propias historias.

Universidad Autónoma de Bucaramanga