Toni Erdmann (Peter Simonischek) e Inés Conradi (Sandra Hüller), trata de soltarse de las esposas que le colocó en broma. /FOTO SUMINISTRADA

Por estos días llegó a la cartelera local una de las películas extranjeras que está nominada al Oscar y que también había sorprendido en el reciente Festival de Cannes. Se trata de Toni Erdmann, escrita y dirigida por la directora alemana Maren Ade, esta producción germano-austriaca es su quinta película y su tercera como guionista y directora.

En ella se plantea una suerte de recuperación del vínculo afectivo entre un padre y una hija. Winfried Conradi (Peter Simonischek) es un hombre adulto que bordea los 70 años, vive solo y a veces trabaja como maestro de música en una pequeña escuela para niños de una ciudad alemana.

Su hija, Inés Conradi (Sandra Hüller) es una exitosa ejecutiva consultora de multinacionales petroleras que reside en Bucarest, Rumania. Durante una corta visita de Inés a Alemania, Winfried nota que ella está distante y completamente absorbida por el ámbito laboral, situación que no acaba de entender porque la vida en su pequeña ciudad es tranquila y apacible, y este hombre es un ingenioso bromista, y pasa el tiempo construyendo personajes para distraerse y de paso sacar a las personas de la monotonía.

El padre decide hacerle una visita sorpresa a Inés en Bucarest, justo en el momento en que ella está por cerrar un importante contrato con una empresa. La visita la toma por sorpresa, trata de atenderlo, pero sus ocupaciones se lo impiden, y Winfried decide marcharse. Tiempo después, durante una importante reunión de la empresa, ella nota a un extraño personaje y descubre que es su padre; esta vez en el rol de Toni Erdmann, un imprudente sujeto que no descansará hasta captar por completo la atención de su hija.

Durante estos encuentros Winfried le pregunta a su hija si ella es feliz, y ella responde con una contrapregunta sobre cuáles son las cosas que lo hacen a él feliz. Las preguntas que quedan en el planteamiento del relato y que los personajes intentarán resolver.

Es difícil catalogar esta película, porque teje sutilmente sensaciones distintas: la historia se percibe como simple, pero esa sencillez encierra mucha profundidad. Por otro lado, algunos críticos la definen como una comedia, pero es un tratamiento distinto del humor simple que solo busca hacer reír. Acá se expone dicho humor de forma distinta, se construye sobre unos planteamientos serios y existenciales, sobre el sentido de las acciones que se emprenden en la vida y el porqué de hacerlas Toni Erdmann, el personaje que idea Winfried, es simultáneamente tierno y sarcástico e intenta incomodar a los sujetos que conforman el entramado social y laboral en el que su hija está inmersa, en donde los personajes construyen simulacros de sí mismos proyectándose exitosos, ambiciosos e inhumanos. Es un ambiente donde la hipocresía y la frivolidad brotan espontáneamente.

El objetivo del padre es recuperar a su hija, aparentemente exitosa, pero abstraída del sentido esencial por la vida, el valor de lo orgánico y espontáneo de la condición humana.

Es una película exquisitamente construida. La puesta en escena (escenarios y actores) logra un gran realismo; las emociones de los personajes afloran sutilmente desde su interior. Para lograr esto, al parecer, Ade investigó muy bien el mundo de la alta gerencia europea y de los eufemismos con los que se comunican hacia su entorno.

René Alexander Palomino R.*
rpalomino@unab.edu.co
@renepalominor
* Docente programa de Artes Audiovisuales de la Unab.

Universidad Autónoma de Bucaramanga

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