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Una ‘ciudad’ para ir a mercar

En las plazas de mercado los días empiezan temprano, lo suficiente para ver el alba, pero no para disfrutarla. Así describen los vendedores lo que es trabajar en este lugar.

Entrada principal de la Plaza Satélite del Sur, sobre la carrera 33, donde está ubicado el principal acceso peatonal. / FOTO MAYRA CAMPOS

La Plaza Satélite del Sur abre a las 4:40 de la mañana. Se ubica en la carrera 33 número105-92, en el barrio Diamante I. El día en este punto de mercado transcurre ameno ignorando un poco lo acontecido en los alrededores, ya que por dentro de la construcción se genera un espacio diferente, o así lo explica Elkin Eduardo Meza, vigilante del lugar desde hace tres años, cuando menciona que, “la plaza es otro mundo, es como una ciudad chiquita’’.

Al llegar por la carrera 33, se evidencia una construcción que ya cumple 34 años. Dan cuenta de ello las baldosas color café con beige, las escaleras desportilladas y las instalaciones sin remodelar. El único esbozo de urbanización actual lo ofrece una rampa construida al costado derecho, por fuera de los grandes muros. La rampa cuenta con barandales plateados, pisos de piedras grises, ladrillos color durazno, y una cámara de vigilancia.

Cuando Elkin Eduardo describe la plaza como una “ciudad chiquita” se refiere a que ahí mismo, dentro de esos cuatro pisos, se encuentran distintos acentos y costumbres. Enmarca su lugar de trabajo como un espacio organizado donde cada puesto es una casa y los pasillos conforman las calles; los propietarios de los puestos cercanos son vecinos y los que están ubicados en espacios lejanos son apenas conocidos. Los visitantes son además turistas.

Al preguntarle a don Humberto Plata, el dueño de un puesto de verduras, si disfruta de los amaneceres responde sin titubear: “Aquí se viene es a trabajar’’, y de puesto en puesto todos van respondiendo que casi no, que más bien disfrutan de los atardeceres debido a que salen a las cuatro o cuatro y media por tarde y porque “gracias a Dios madrugan, pero no trasnochan’’.

En el caso de Zully Monsalve, de 63 años, vendedora de papayas desde sus 15 años, el trabajo en la plaza es pesado, pero es el más bello, porque este ha sido el cual le ha dado soporte económico a ella y a su familia, y menciona: “Sin decirle mentiras acá todos son como otra familia, porque, aunque haya problemas, siempre están ahí pa’ uno’’.

Ventas a toda hora

La plaza de mercado es como una pequeña ciudad que tiene ya 34 años de existencia. / FOTO MAYRA CAMPOS

A las 8 de la mañana las ventas se potencian y llegan compradores de todas las edades. Como es el caso de Silvino Cuevas, un comprador frecuente quien dice que “la plaza es el mejor lugar para conseguir la comida y es muy verraco que se haya perdido la costumbre de comprar ahí”, existen muchos, para este adulto mayor, aquella construcción típica de comercio ofrece una mejor calidad que los supermercados y teniendo en cuenta que la plaza tiene algunos puestos vacíos, la afirmación de don Silvino se respalda.

Constituida de manera simple, dirigiendo la mirada hacia la entrada principal se logra describir el edificio. En el primer piso hay locales divididos por paredes: oficinas, droguerías, y algunas chatarrerías. En el segundo, al lado izquierdo, se encuentra la sección comercial batán, allí los locales tienen grandes ventanas de vidrio y baldosas blancas para dividirse, al lado derecho es la sección de papas, granero y lácteos, y la división la otorgan semimuros de ladrillo junto con rejas color plata envejecida.

En el tercer piso, siguiendo las mismas indicaciones, en el lado izquierdo está ubicada la sección de carnes, pollo, pescado y vísceras; aquí los puestos los determinan congeladores y uno que otro murito. Por el contrario en el lado derecho se venden frutas verduras y jugos y la separación tiene pinta de pequeñas tiendas. Para finalizar, el cuarto piso es como un gran salón social asignado para asambleas, reuniones y festejos.

Al mediodía, el caos exterior logra penetrar el interior del recinto, los transeúntes con prisa por almorzar ingresan en la plaza llenando los puestos donde se venden almuerzos, principalmente el restaurante ubicado en la mitad del tercer piso, y allí se mezclan los olores, de la carne, la fruta, el sudor de los ciudadanos y la comida cocinándose. Al cabo de dos horas, la plaza se empieza a despejar y va tomando el color gris que más tarde va a predominar.

De lunes a jueves la plaza cierra a las 4 de la tarde, solo la sección comercial queda abierta hasta media hora después. Los encargados de los candados y las puertas son dos vigilantes de turno, en el caso de este relato Elkin Meza y Rafael Camares, quienes en medio de sonrisas y bromas van bajando y cerrando las grandes puertas de la “miniciudad”.

A pesar de que la plaza cierra a esa hora, desde las tres y media luce desolada, pocos puestos de la sección comercial están habilitados y la mayoría de vendedores ya ha abandonado su puesto.

En el mezanine ubicado entre los pisos uno y dos, en el cual están los baños públicos, se ve una pequeña aglomeración de trabajadores y allí junto a las cacharrerías, las vendedoras y las encargadas del aseo que se disponen a limpiar hablan sobre el cabello, sobre las ventas del día, o sobre cualquier cosa.

Eventualmente aparece un “vecino” que pide entrar al baño a pesar de estar en momento de aseo y bromea con “Norita”, la encargada del aseo de esa semana, quien le responde entre risas: “Que sí jode, que entre rapidito a ver”. Así con una reunión fraterna se va haciendo de noche y todos continúan con sus oficios, los vigilantes van sacando a los perros y se mantienen a la espera de que pasen las dos horas que quedan para que acabe su turno, pues a las seis llega alguien más a reemplazarlos. Al salir todo sigue igual, porque los mercados de los alrededores no cierran y la ciudad exterior sigue en movimiento.

Por Mayra Campos

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Universidad Autónoma de Bucaramanga