Una Colombia más “marica” y menos machista

Este es el manifiesto del amor de las mujeres maricas y feministas. Ser mujer es resistir, ser críticas, contestonas y pararnos fuerte así estemos hartas.

Por María Alejandra Gámez Orduz y María Camila Tapias Bedoya / mgamez@unab.edu.comtapias691@unab.edu.co

Mariana tenía una fuerza extraordinaria comparada con el resto de sus compañeras. Corría demasiado rápido y forjó una complicidad absurda con el balón de fútbol que demostraba en cada cancha.

“La verdad yo, desde muy pequeña, siempre tuve unas actitudes un poco más bruscas. Me gustaba mucho jugar fútbol, básquet… Todo lo que fuera deporte me gustaba. Me gusta”, dice Mariana mientras Kathe, su novia, está a su lado sonriéndole.

Se sentía bien corriendo mientras el sol bronceaba su cuerpo, así como también se sentía bien admirando todas las tonalidades, figuras y formas que puede tener la belleza humana. El amor comenzó a dar sus primeros “pinitos” en el corazón de Mariana. Como en muchos colegios católicos y tradicionales, hablar de lesbianismo era impensable. Aunque las preguntas y especulaciones se colaban en los pasillos de clase.

“Yo podría ir en quinto de primaria, y ya había chicas con el cabello corto y con actitudes un poco más masculinas”, ríe Mariana al volver a recordar cómo se negaba a hablar de ello para no “irritar” a Dios. Estos estereotipos fueron para ella desde un inicio, destellos de lo que podría ser la orientación sexual de sus compañeras, así como la suya.

“Yo siento que desde siempre di señales”, admite reiteradas veces. Poco a poco eso se fue reafirmando cuando su círculo amistoso dejó de ser un simple grupo de niñas anónimas a ser las afamadas “lesbianas de 11-B”.

Kathe, pero tú no pareces

Kathe, por el contrario, se aleja de la niñez de Mariana. Durante años estuvo rodeada de tantos hombres y de tan pocas mujeres que fueron contadas las oportunidades para sentarse a conocer y apreciar una belleza que no fuese la de los chicos de su colegio. Mientras eso pasaba, ella encontraba la paz y la confianza en otros lugares donde las raíces de las masculinidades no la podían llegar a alcanzar.

“Sentía que tenía una relación muy cercana con mis amigos gays. Me empecé a apartar mucho de las amistades con hombres heterosexuales, y me empecé a sentir más cómoda con las chicas. Empecé a tener una relación más sana también con ellas”, recuerda Kathe mientras parece que estuviese internamente corriendo por los pasillos de su memoria para contar todo con claridad.

Kathe tiene una larga cabellera ondulada y una tez ruborizada, unas pestañas largas que enmarcan la negrura de sus ojos y unos cuantos tatuajes minimalistas que adornan sus brazos. Una apariencia lejana a la que Mariana conocía de una lesbiana o una mujer bisexual, tal vez por eso siempre tuvo sus dudas al acercársele los días en los en que se encontraban en el parque donde, curiosamente, Mariana descubrió que Katherine vivía en su mismo barrio. Y hoy, todavía, se quiere demarcar la libertad sexual de las lesbianas con estereotipos godos e inquisidores que ya no tienen lugar en la lucha actual.

Como casi en toda historia de amor, el sexismo entorpece su fluencia con sus macabras distinciones de género y sus señalamientos, en donde están las machorras que sí son lesbianas y las que no lo son y que probablemente nunca lo sean. ¿Qué hubiese pasado si Kathe no hubiese expuesto su amor poco a poco a Mariana, quien en esos momentos dudaba ser correspondida por una chica con una estética cisgénero? ¿Habríamos tenido una historia de amor si los estereotipos hubiesen nublado estos caminos destinados a cruzarse?

Comúnmente los estereotipos lésbicos suelen delimitarse en el pensamiento colectivo de dos formas. La primera es la lesbiana con expresión masculina, como Mariana, a la que pueden asociar como la mujer dominante en la relación. Y, la segunda, la lesbiana con expresión femenina que no responde a los requerimientos estéticos que una sociedad manchada por el machismo asume que debe cumplir.

He aquí el yin y el yang de la homosexualidad. El feminismo se presenta entonces como un ente que va más allá del bien y el mal, del blanco y el negro: un movimiento. Es una ruptura del ser y el cimiento para la reconstrucción de una misma. Es mirar hacia adentro y hacia afuera, adelante y atrás, a la derecha y a la izquierda. Es reconocer su origen, burlar al ego y derribar barreras invisibles de inferioridad o poder. Es ser mujer y reconocerse como tal. Es humanidad.

“Con mi mami empecé a hacer el ejercicio. Con el feminismo trato de hablarle. Yo empecé algo educativo con ella. Entonces les decía: yo soy bisexual ” comenta Kathe, quien en estos momentos tiene una relación con Mariana, pero se reconoce como bisexual. Y esto ya no debe escandalizar a nadie.

¡Pille ese atardecer!

¿Alguna vez se ha detenido a contemplar la infinidad de tonalidades desparramadas en un atardecer? ¿O las que un arcoíris luego de una tormenta puede revelar? Momentos en los que se aprecian tantas opciones que no se sabe cuál escoger. En esa fracción de vida, vemos, aunque sea por un breve instante, la diversidad. Tendemos a fraccionar el mundo en dos ¿por qué? Es hombre o es mujer, estamos tristes o felices, es bonito o es feo, pero ¿qué pasó con los matices, con las tonalidades? ¿Dónde está el azul rey, el palo de rosa o el amarillo fosforescente?

Este es el famoso binarismo que tal vez haya escuchado por el término “sistema binario”, este lenguaje computacional donde solo se usa el 0 y el 1. Sin embargo, puede aplicarse a otros ámbitos, como el género. Porque si eres hombre tienes que ser masculino y si eres mujer tienes que ser femenina, PUNTO. No hay más opciones y que ni se te ocurra pensar en fluir en otras nociones de identidad.

¡A usted lo que le falta es pene!

Si hay una teoría irrefutable en el universo, es que los planetas, entre esos la Tierra, gira alrededor del sol. Bueno, tal vez en el mismo sentido, en nuestras sociedades todos giramos alrededor del falo, el pene masculino como centro del placer, de la organización de nuestras sociedades, como desde donde nace la desigualdad. ¿Y es que qué puede sentirse sin la penetración?

Básicamente, sin pene no hay nada y la que no tiene que lo llore. El falocentrismo se remonta a la teoría psicosexual de Freud, quien planteó, en palabras castizas, que el que tiene pene estructura su mente, desde la infancia y en el valor simbólico que la sociedad le da a este. Y la que tiene vagina crece sintiendo que le falta algo o como diría Freud la envidia fálica, querer tener pene y no poder. Esto posiciona a los portadores de penes (onvres) como el centro de toda explicación sobre el sexo.

“Ay, pero a usted lo que le falta es que le den pene”, eso le dijo un taxista a Mariana mientras caminaba por la calle, lo que devela la ignorancia del sexo como un campo que va más allá de una construcción que cercena libertades. La penetración sola no da placer. Además, ¿creen que el clítoris, con alrededor de 8.000 terminaciones nerviosas (más que las del pene que tiene entre 4.000 y 6.000) no nos va a dar placer?

Romperlo todo

La calle se vuelve un terreno grisáceo y hostil cuando los gritos, los comentarios y las bocinas de las motos y carros hacen eco entre esquina y esquina. A Mariana ya no le importa que paren en frente de su cara o le griten por la espalda lo mucho que la ayudaría a reorientar su vida tener un pene en su agenda sentimental. Así como a Katherine no le importa ya, pero a nosotras sí, nos preocupa y nos emberraca mucho. 

Nos emberraca que el futuro a veces parece que no nos haya cambiado y que muchas tengamos que seguir sembrando el caos para que el olvido no borre nuestra historia. Nos emberraca ver que hay mujeres mamadas de la violencia y la opresión y que, ante esto, su corazón, al no poder aguantar más, se resigna a ser parte de una cifra muerta. Nos emberraca mucho el desgaste de tener que seguir soportando, contestando, gritando, corriendo o luchando, pero es la única forma de no morir en el intento. Ser mujer es resistir, ser críticas, contestonas y pararnos fuerte así estemos hartas. 

Universidad Autónoma de Bucaramanga