Inicio Bucaramanga Una parada a la aglomeración

Una parada a la aglomeración

El incumplimiento de las normas de bioseguridad en el servicio de transporte público es un riesgo para todos. Cientos de personas en Bucaramanga y su área metropolitana solo cuentan con los buses para llegar a sus lugares de destino, exponiéndose así a la covid-19.

Desde el 11 de mayo los buses de transporte urbano convencional empezaron a operar en Bucaramanga y su área metropolitana. / FOTO HUMBERTO BUENO

Por Daniela Bueno Ruíz
[email protected]

Después de caminar dos cuadras, solo queda esperar la ruta 16 o también conocida como Hamacas. Como de costumbre, a las 6:30 de la mañana pasa el bus por El Campanazo. Silvia Juliana López Mantilla entrega los 2.550 pesos del pasaje, se aplica alcohol y busca un asiento donde pueda conservar la distancia. Sin embargo, mientras más avanzan, más gente sube, y los dos metros recomendados solo quedan estampados en las pancartas de la puerta del bus.

De lunes a viernes la rutina se repite. Aunque en Sumatec S.A.S., el lugar donde Juliana desempeña su cargo de auxiliar contable, los trabajadores mantienen las medidas de bioseguridad requeridas, en los buses parece no existir el virus. “El temor existe, pero siempre en lo personal tomo mis cuidados”, dice la joven de 22 años. Durante los 40 minutos que dura el recorrido ha visto muchas imprudencias, pero la más común es no desinfectar el dinero al recibirlo. Por suerte, antes de entrar a su jornada laboral el protocolo de desinfección es estricto. De esa manera, por lo menos, se siente menos expuesta.

Desde que empezó la reapertura económica en el país, las aglomeraciones en el transporte público se volvieron tan comunes como los casos de contagiados diarios por covid-19. Para mitigar la propagación del virus es necesario mantener el distanciamiento social y usar tapabocas, entre otras. Por eso, para el funcionamiento de los establecimientos el aforo ha sido clave. Sin embargo, la capacidad en los buses en vez de disminuir, aumenta. “La gente se sienta donde esté libre y no les importa guardar la distancia”, afirma María José González Martínez, docente de preescolar, quien a diario sale de su casa en el barrio El Porvenir, toma la ruta AP4 del Sistema Integrado de Transporte Masivo, Metrolínea, para llegar a su trabajo: acompañar la labor académica de dos niñas en el barrio Diamante II.

Aunque el máximo permitido dentro de los buses, en un principio, era del 35 %, las aglomeraciones son comunes en las estaciones de Metrolínea. / FOTO FRANCISCO VARGAS

Esta situación se presenta principalmente en la mañana, a eso de las 7:00. En ocasiones prefiere usar el servicio que brindan los carros particulares con los colectivos. Aunque la distancia que tiene con los demás pasajeros es mínima, por lo menos comparte solo con cuatro. En la tarde puede estar un poco más tranquila, la asesoría que les brinda a Mariana e Isabela termina a las 2:30 y a esa hora no hay tanta congestión en el bus. “Lo único que queda es cuidarnos por nuestra propia cuenta, acá la gente no es consciente”, dice la mujer de 29 años. Si pudiera pagaría por otra opción para poder transportarse, pero las cuentas no le dan para dar más de 3.000 pesos.

El 11 de mayo, bajo el decreto 575 de 2020, se autorizó al transporte público colectivo volver a operar en Bucaramanga y su área metropolitana. Para el funcionamiento de las rutas tanto de Metrolínea como de los buses convencionales, se estableció que el alcance máximo dentro de estos no podría superar el 35 %. Es decir, si en los buses alimentadores (los más pequeños de Metrolínea) normalmente podían transportar a 45 personas, con esta nueva regla solo podían ir 16. Sin embargo, con la apertura económica ese número quedó en el olvido. Se supone que los conductores deben regular esta medida, pero para ellos, esto es una cuestión de todos.

Tanto pasajeros como conductores están expuestos a contraer el virus, ya que el distanciamiento social no se ha respetado de forma debida. / FOTO DANIELA BUENO

El taxista Alirio Guevara Chanagá afirma: “Uno no puede estar pendiente de manejar, recibir plata y mirar cuánta gente va”. Hace varios años dejó de conducir bus de transporte público convencional para dedicarse al taxi. Al igual que todos está expuesto a contraer el virus. A diario recibe billetes y monedas de personas que nunca ha visto en su vida, y aunque recomienden hacer una desinfección minuciosa de los objetos que se reciben, esto es una cuestión de costumbre para él. Adaptarse a esta “nueva normalidad” no ha sido fácil.

En su carro lleva siempre una botella de alcohol y gel antibacterial para sus pasajeros. No ha parado de trabajar. Desde que inició la cuarentena salió en su taxi a recoger la poca gente que se veía en la calles, por lo general eran médicos y enfermeras. Hoy, seis meses después, el panorama es distinto. “Ya hay más gente saliendo, el trabajo ha cambiado un poco”, afirma Guevara. Así como hay más personas, hay más riesgos, recibe más dinero y se relaciona mucho más. Siempre hace uso de su tapabocas, pero se ha encontrado con pasajeros que a veces prefieren no usarlo, y como él dice: “El trabajo no está para decirles que se bajen”.

Universidad Autónoma de Bucaramanga