Por: Juan Diego Cáceres Acevedo / jdiegocaceres206@unab.edu.co
El 30 de octubre de 1938, Orson Welles, aquel locutor de radio estadounidense, estaba al frente de un programa que arrancó como cualquier otro. A las ocho en punto de la noche, transmitían el habitual pronóstico del tiempo, seguido de un concierto en vivo que sonaba desde uno de esos hoteles de lujo en Nueva York, de esos que brillan y gozan de cinco estrellas. Todo iba con normalidad, hasta que, de repente, algo rompió la programación usual. Una voz gruesa y urgente tomó la atención:
“Damas y caballeros, tengo que anunciarles una grave noticia. Por increíble que parezca, tanto las observaciones científicas como la más palpable realidad nos obligan a creer que los extraños seres que han aterrizado esta noche en una zona rural de Nueva Jersey son la vanguardia de un ejército invasor procedente del planeta Marte”.
Solo Orson y su equipo sabían que era una adaptación de La guerra de los mundos, la novela de H. G. Wells.
Las personas entraron en pánico y salieron a las calles, las comisarías de Nueva Jersey y Nueva York colapsaron en cuestión de minutos. Aunque al principio de la transmisión habían avisado que se trataba de una dramatización, pero ya era demasiado tarde; el miedo había hecho su trabajo.

Más de 80 años después, la histeria colectiva sigue encontrando nuevos escenarios. En un cruce de calles cerca de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, una extraña persona con un cartel anunciando la llegada de los alienígenas, recordó que esa línea entre la realidad y la fantasía sigue siendo tan delgada como siempre.
El miércoles 5 de febrero apareció un individuo vestido con una camiseta negra, pantalones rasgados, unas botas de cuerina y un cono de aluminio en la cabeza. Sostenía un letrero que decía «VIENEN LOS ALIENS», mientras repetía con voz temblorosa que algo le va a pasar a esta ciudad. Intentar entrevistarlo era un desafío, al preguntarle su nombre, solo balbuceó un lenguaje irreconocible. Luego de insistirle dos veces, confesó que no podía decirlo. Mientras buscaba una respuesta coherente, él repetía una y otra vez: «Todos tienen que saberlo» y «Ellos vienen».
No queda claro si se trataba de un personaje bien logrado o alguien a quien se le habían salido de las manos las teorías alienígenas de Giorgio A. Tsoukalos en su serie de History Channel.
Después de advertir que a Bucaramanga le iba a pasar algo terrible y que todos deben saberlo, se le preguntó dónde vivía. Solo dio a entender que no tiene un hogar y que desde hace siete días recorre la ciudad advirtiendo a las personas sobre la invasión. Cuando se le ofreció un poco de dinero, lo rechazó de inmediato. En ese momento, las conclusiones eran dos: o realmente intenta advertir algo, o es de los mejores actores que hay en la calle.
Antes del adiós, sin haber dado respuestas claras y repitiendo su profecía, su presencia dejó una inquietante sensación. Era inevitable mirar al cielo, por si acaso.
Si se trataba de un muy buen actor, había logrado su propósito: llamar la atención. Horas después, se supo que todo formaba parte de una estrategia publicitaria. La invasión que anunciaba no era precisamente extraterrestre, sino un festival de hamburguesas llamado Burguer Fan Fest. “Ellos ya vienen…”.





