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¿Y el Tecnológico? 

Lo que en su momento fue uno de los colegios oficiales más prestigiosos de la región y la puerta de entrada a la educación superior, hoy es un reflejo de las consecuencias de la privatización, la falta de apoyo estatal y los aprietos a los que se enfrenta la educación pública básica y media.

El Tecnológico, desde sus inicios, se encaminó a visualizar el desarrollo regional que consolidó la creación de la Universidad Industrial de Santander, UIS. / Foto: Sergio Gamboa

Por: Sergio Gamboa Mendivelso y María Alejandra González

sgamboa874@unab.edu.co / mgonzalez246@unab.edu.co 

La educación pública, básica y media en Santander hoy no es lo que era. Así lo indican las bajas posiciones de las instituciones oficiales en las pruebas de Estado, Icfes, la insuficiente planta docente y la mala infraestructura educativa. Lo que alguna vez fue el trampolín a la universidad pública, ahora pareciese no ser más que un simple lugar de paso.

Prueba de ello es el caso de uno de los colegios más importantes de la región: la Institución Educativa Técnico Dámaso Zapata. El Tecnológico, como se le conoce popularmente, nació siendo la Escuela de Artes y Oficios, allí los ciudadanos se educaban en procesos industriales que los transformaban en el músculo productivo de la economía emergente que caracterizaba a Santander en 1888. Conforme pasó el tiempo, fue cambiando de nombre y de función, incluso, allí nacieron dos de las instituciones de educación superior más importantes del oriente colombiano: la Universidad Industrial de Santander (UIS) y las Unidades Tecnológicas de Santander (UTS).

El Tecnológico, desde sus inicios, se encaminó a visualizar el desarrollo regional que consolidó la creación de la UIS. Al comienzo, sus aulas estuvieron dentro del colegio, y fue pensada como una facultad de Ingeniería Industrial que orientara especialidades en química, mecánica y electricidad para los bachilleres. En 1963, se crea el Tecnológico Santandereano, más conocido como las UTS, que buscaba dotar al oriente colombiano de formación técnica destinada a instruir conocimientos teóricos y prácticos de las artes y los oficios; y así, darle al personal capacitado grados de maestro, oficial y obrero. 

Matricularse a este colegio representaba asegurar un cupo en la UIS. La fecha del examen de admisión era un evento crucial para la ciudad, que ponía a trasnochar a cientos de familias. Obtener tan solo el formulario de inscripción era un reto. Juan Camilo Mora, ingeniero civil y egresado de la institución, menciona: “al Tecnológico se entraba por meritocracia. Recuerdo que pasamos una noche entera con mis primos haciendo fila para inscribirnos”. Más allá del sacrificio, ese primer paso representaba la satisfacción de poder estudiar ahí. La dignidad de ser estudiante del Tecnológico se conseguía luego de presentar un examen y asistir a una compleja entrevista.

El colegio terminó de consolidarse como una institución prestigiosa para la ciudad con la llegada de la comunidad lasallista en 1951. Destacaba la enseñanza en matemática avanzada y las especialidades como carpintería, mecánica y herrería. Es decir, los jóvenes además de egresar con sólidas bases académicas, también salían con aprendizajes en otras habilidades y oficios. 

Los egresados recuerdan la dirección de la comunidad de La Salle como un empujón a una institución que, al parecer, venía haciendo todo bien. Al vincular una congregación católica, la disciplina exigida formaba estudiantes “como Dios manda”. Además, la preocupación de los hermanos por dar buenos resultados, hacía que los estudiantes obtuvieran conocimientos que no tenían nada que envidiarle a los primeros semestres universitarios. Los padres de familia también jugaban un rol importante en dicha formación, pues estaban involucrados en las decisiones que se tomaban e, incluso, en las finanzas del colegio. La institución era una de las mejores de Colombia, y con tantos estudiantes en formación y pertenecientes, en su mayoría, a familias de escasos recursos, parecía casi un milagro. El futuro brillaba para el Tecnológico.

Los lasallistas lograron que el país pusiera los ojos en Bucaramanga y en el que, en ese tiempo, era el colegio más importante de la ciudad. En 1998, Ludwing Darío Giraldo Rojas, estudiante del Tecnológico, logró el mejor resultado de toda la nación en las pruebas de Estado. Manuel Caballero, ex hermano de la congregación lasallista, cree que el secreto para haber conseguido ese triunfo no fue casualidad: “el Tecnológico formaba a los estudiantes de manera integral, y más siendo orientado en esos momentos por los hermanos de La Salle. Teníamos como meta formar niños y jóvenes con conciencia social”.

La fecha del examen de admisión era un evento crucial para la ciudad, que ponía a trasnochar a cientos de familias. Obtener tan solo el formulario de inscripción era un reto. / Foto: Sergio Gamboa

Para los bumangueses era un colegio ideal. Uno en el que los estudiantes se veían retados y exigidos, gracias a docentes que se comprometían con el aprendizaje y estaban dispuestos a hacer crecer sus mentes y sueños. Según Caballero, lo importante era el trabajo en equipo entre maestros y la óptima articulación entre la dirección y el modelo de enseñanza: “ese trabajo conjunto y un buen liderazgo logra llevar con éxito a la institución”. 

Juan Camilo Mora entró al Tecnológico en pleno auge de su modelo educativo lasallista, recuerda “era lo máximo. Siempre ocupamos los primeros puestos a nivel nacional en las pruebas”. Desafortunadamente, existen pocos registros de escalafones de educación pública en Colombia de la época. De 1992 al 2002, el colegio se remodeló completamente, creciendo cada vez más en materia de infraestructura dentro de su propio terreno. Se crearon nuevos edificios, se amplió la planta de parqueaderos, se trajo tecnología de vanguardia sin descuidar la calidad educativa.

Tan grande e importante era el colegio, que absorbió a ocho escuelas cercanas. Este aumento de capacidad eliminó el examen de admisión y los alumnos pasaron a ingresar sin ningún tipo de prueba. Esta decisión traería consigo el ocaso del Tecnológico.

La decadencia 

Lo que tanto costó construir se esfumó en un par de años por el abandono estatal. La Alcaldía y Secretaría de Educación de Bucaramanga dejaron de financiar a la institución correctamente.

Los hermanos de La Salle recurrieron a diferentes formas de financiación para cubrir los gastos de nómina y mantenimiento, mientras los profesores, incluso en horarios adicionales, seguían cumpliéndoles a sus estudiantes. El último intento lo realizaron en 2005, cuando el pliego de peticiones de la comunidad fue rechazado y el convenio terminó. El mejor colegio de la ciudad quedó sin padre. “El retiro de la congregación fue un vacío que no se pudo cubrir en el Dámaso Zapata. El que estuvieran los hermanos era una garantía”, afirma Manuel Caballero. El adiós de los lasallistas se empezaría a reflejar en los rankings.  

Pero el cambio no fue solo de dirección. Después de 115 años de ser un colegio masculino, se enfrentaron a su primera cohorte mixta con 152 estudiantes nuevas en 2003. Natalia Betancur es asesora comercial y egresada del Tecnológico. Recuerda su paso como una buena experiencia: “personalmente el cambio fue grande, porque yo venía de una escuela en la que siempre fuimos más niñas que niños. Pasé al Tecnológico y era muy diferente, era mucho más grande, pero nosotras nos sentimos muy bien acogidas, estuvimos siempre muy protegidas por los profesores e incluso por los mismos compañeros”.

El cambio de ser un colegio masculino a mixto representó para Yovanny Pabón, miembro de la Asociación de Egresados, un reto demasiado grande para una institución que venía con mucho por abarcar y con pocas manos para hacerlo: “yo creo que eso lo que hizo fue darle más problemas al colegio, porque muchas veces no teníamos los profesores suficientes y el colegio no estaba preparado”. 

Lo que tanto costó construir se esfumó en un par de años por el abandono estatal. La Alcaldía y Secretaría de Educación de Bucaramanga dejaron de financiar a la institución correctamente. / Foto: Sergio Gamboa

Pabón también menciona que acabar con el examen de admisión fue un agravante que bajó la calidad: “antes uno se preparaba para dicho examen. Además, no solo era uno, sino que para entrar a bachillerato había que presentar otro. Esto garantizaba, de alguna manera, que los estudiantes estuvieran enfocados”.

Lamentablemente, lo que empezó en 2005 con la salida de los lasallistas, no se pudo detener. Cada vez, el colegio bajaba más en las clasificaciones; incluso, en las que solo medían instituciones públicas. Todo desencadenó la tormenta perfecta: el colegio dejó de exigir examen de admisión, tuvo que aceptar a más estudiantes de los que era capaz de atender, la planta de profesores fue desactualizándose y no se incluyeron nuevos educadores. 

El último esbozo del éxito del Tecnológico llegó en 2018, cuando Sebastián Bayona consiguió el mejor Icfes del país. Sin embargo, fue más una muestra de la irregularidad a la que se enfrenta la educación pública. Fue una excepción, lejos de ser la regla. 

El antes y el después del Tecnológico grita la crisis de la educación pública básica y media en Santander y el país, es la historia de cientos de instituciones. De 2018 a 2021, los principales colegios públicos de Bucaramanga han bajado de cincuenta puestos a mil. En el caso del Tecnológico, pasó de estar en el puesto 1.117 en 2018 a estar, en el último ranking, en el 1.491. 374 puestos que dan cuenta de la enfermedad terminal que hoy padece la educación oficial en la región.

¿Será tan difícil devolverle la calidad y reputación a la educación pública? Para Yovanny Pabón, la clave está en la capacitación docente. Según él, se deben empoderar para llevar la batuta de la educación y hacer que las autoridades pertinentes se encarguen de financiarlo. Igualmente, Manuel Caballero sostiene que el problema es la poca actualización y el maltrato que se les da a los docentes. Caballero, que también es profesor, menciona: “los docentes que estamos, por ejemplo, en mi colegio -y me incluyo-, somos de provisionalidad, o sea una cuestión que ‘hoy sí, mañana no’. Ojalá el Concurso Docente se aplique a las necesidades de cada institución educativa y se cuente con el personal idóneo”. 

La Alcaldía de Bucaramanga ha invertido más de $15.000 millones para el mejoramiento de la infraestructura del Tecnológico. Mejoraron fachadas, auditorios, canchas y salones, sin embargo, esto no es suficiente. Al abordar a 100 egresados sobre si matricularían a sus hijos en el Tecnológico, todos contestaron más o menos lo mismo: el colegio no cumple con el nivel académico que ellos esperan. Ese ya no existe. 

La educación pública en Santander se raja. Habrá que ver si pronto llega el antídoto para que se cure y no baje más en los escalafones. Tal vez llegue un momento en el que la lid vuelva a coronar de laurel al Tecnológico y la educación oficial retorne a la época en la que fue referente.

Universidad Autónoma de Bucaramanga